Terminé con Fernando hace cinco años. Duramos doce.

La explicación que dimos fue «diferentes proyectos de vida». Funciona bien porque no significa nada. Se puede decir durante una cena, frente a los amigos, sin que nadie pregunte demasiado. La verdad era menos elegante: Fernando nunca dejó de mentir. Siempre había una llamada que atendía en el balcón, un viaje de trabajo que se prolongaba, un amigo cuyo nombre yo no debía recordar. Había perfeccionado el arte de hacerme sentir afortunado por soportarlo.

Él tiene ahora cincuenta y ocho años. Yo, cuarenta y ocho. Sebastián, el hijo de su matrimonio, veintiséis.

Nunca me aceptó. Para él yo era el hombre que había corrompido a su padre, aunque Fernando ya llevaba años acostándose con hombres antes de conocerme. Era más sencillo ponerme rostro a mí que admitir que su familia se había roto mucho antes de mi llegada.

Tampoco fui inocente. Fernando faltó a cumpleaños, canceló fines de semana y convirtió a su hijo en una obligación que podía posponerse. Yo veía lo que ocurría, pero aceptaba sus explicaciones porque me convenían. Llamábamos «discreción» a una cobardía que siempre terminaba pagando Sebastián.

Cuando supe que había llegado a vivir con él en Guadalajara, no sentí nada. Eso me dije.

Lo encontré un jueves por la noche en un bar de la Americana. Uno de esos lugares sin letrero donde la música permite mirar sin conversar y la penumbra favorece decisiones que no resistirían la luz del día. Yo iba allí cuando quería un cuerpo sin biografía.

Sebastián estaba junto a la barra, con una cerveza en la mano. Había bebido, pero no se tambaleaba. Lo reconocí por la mandíbula antes que por los ojos. La misma mandíbula de Fernando cuando se preparaba para mentir.

Me vio. Dejó la botella y atravesó el bar.

—Usted —dijo.

No era respeto. El pronombre llevaba cinco años acumulando veneno.

—Sebastián.

—El famoso.

—No sé de qué hablas.

—El que se cogió a mi papá.

Dos hombres voltearon. Sebastián sonrió al advertirlo.

—No es el lugar —le dije.

—¿Dónde, entonces? ¿En su departamento? —Se acercó hasta que pude oler la cerveza y el tabaco—. ¿Quiere cogerme también a mí?

—Baja la voz.

—Vamos.

Me sujetó del brazo. No con suficiente fuerza para obligarme, pero sí para que yo pudiera fingir que no estaba decidiendo.

Lo llevé a mi departamento porque podía armar un escándalo. Porque quizá quisiera golpearme. Porque no deseaba que Fernando recibiera una llamada desde una comisaría.

Y porque quería saber hasta dónde pensaba llegar.

Vivía a seis calles. Caminamos sin hablar entre restaurantes todavía llenos, terrazas iluminadas y edificios que alguna inmobiliaria había convertido en departamentos demasiado caros. Sebastián avanzaba medio paso delante de mí. No parecía borracho. Parecía decidido.

«Dejó de ser mi papá para convertirse en su… No dijo la palabra. Me besó.»

En el elevador me empujó contra el espejo.

—Mi papá me abandonó por usted.

Su voz se quebró al final.

—Fernando tomó sus propias decisiones.

—Y usted se acostaba con él mientras las tomaba.

No encontré una respuesta que no sonara cobarde.

—Dejó de ser mi papá para convertirse en su… su…

No dijo la palabra. Me besó.

Fue un beso construido para lastimar: dientes que chocaron, barba contra barba, una lengua que no pedía entrada. Me tomó del cabello y tiró hasta obligarme a levantar la cara.

Lo aparté.

—No vuelvas a hacer eso.

La puerta del elevador se abrió. Sebastián salió primero. Esperó frente a mi departamento mientras yo buscaba las llaves.

Todavía podía decirle que se fuera.

Entró conmigo.

Apenas cerré, volvió a besarme. Esta vez puse la mano sobre su pecho. Se detuvo. Permaneció muy cerca, respirándome en la boca.

—¿No le gusta? —preguntó—. ¿Prefiere al papá?

—No sabes lo que estás haciendo.

—Sé exactamente lo que estoy haciendo.

—Estás encabronado.

—También estoy caliente.

Me sostuvo la mirada.

—Dígame que me vaya.

No lo dije.

—Dígalo —insistió.

Retiré la mano de su pecho.

Ese fue el momento. No cuando nos encontramos en el bar ni cuando me empujó en el elevador. Ese instante: mi mano descendiendo y dejándole libre el paso.

—No te vayas.

Algo cambió en su rostro. La furia permaneció, pero ya no podía utilizarla para fingir que aquello solo me estaba ocurriendo.

Me empujó hacia el sofá. Caí sentado y él quedó de pie entre mis piernas.

Era diferente de Fernando: más delgado, más fibroso, todavía incapaz de ocultar lo que sentía. Pero había gestos idénticos. La manera de inclinar la cabeza. El pliegue entre las cejas. La costumbre de pasar la lengua por el labio antes de hacer algo que sabía incorrecto.

—Quiero verlo —dijo.

Desabrochó mi cinturón y bajó la cremallera. No tuve que ayudarlo. Tampoco intenté detenerlo.

Mi verga estaba medio dura.

—Mire —dijo—. Todo lo que habla y su cuerpo ya decidió.

—El cuerpo no decide nada.

—Entonces decida usted.

Me tomó con una mano.

—¿Sigo?

—Sí.

—Dígalo bien.

—Quiero que sigas.

Se arrodilló.

No había ternura en su boca. Chupaba como si quisiera arrancarle una confesión a mi cuerpo. Los dientes rozaban más de lo necesario; su mano apretaba la base con una fuerza que oscilaba entre placer y advertencia. Cada vez que yo intentaba acompasar el movimiento, él cambiaba el ritmo.

No quería complacerme. Quería demostrar que podía hacerlo.

Le sujeté el cabello. Levantó los ojos. Por primera vez vi deseo sin furia, aunque apenas duró un segundo. Después volvió a hundir la boca.

—Sebastián.

Se apartó.

—No diga mi nombre como lo decía él.

Se puso de pie y se quitó la camisa. Tenía el torso pálido, vello negro disperso y pezones grandes, oscuros. Ninguna de esas cosas se parecía a Fernando. Sentí alivio.

Luego se desabrochó el pantalón y el parecido regresó de una manera brutal.

—Voltéese —ordenó—. Quiero saber qué veía mi papá.

No obedecí inmediatamente.

—No hagas de esto una competencia.

—Ya lo era antes de que yo entrara en el bar.

Me levanté y me quité el resto de la ropa. Después me volví hacia el respaldo del sofá.

Sebastián pasó ambas manos por mis nalgas. Las separó y contempló mi cuerpo con una concentración que me hizo sentir más desnudo que la desnudez.

—Bonito —dijo.

Fernando utilizaba la misma palabra.

Cerré los ojos.

—No hables como él.

—¿Por qué? ¿Lo extraña?

—No.

—Mentiroso.

Escuché cómo abría el cajón de la mesa lateral. Encontró el lubricante sin preguntar dónde estaba.

—Qué preparado.

—No seas pendejo.

Soltó una risa corta. Se untó los dedos y comenzó a abrirme. No fue delicado, pero tampoco precipitado. La furia no le había hecho perder el control; se lo había dado.

Introdujo un dedo. Luego otro.

—¿Así lo hacía él?

—No quiero hablar de tu padre.

—Pero quiere coger con su hijo.

Me volví para mirarlo.

—Tú me trajiste hasta aquí.

—Y usted abrió la puerta.

No teníamos dónde escondernos.

Sacó los dedos y acercó su cuerpo. Sentí su verga contra mí, dura, insistente.

—Si quieres parar —le dije—, hazlo ahora.

—¿Usted quiere que pare?

La respuesta tardó lo suficiente para que ambos la entendiéramos.

—No.

—Dígalo.

—No pares.

Presionó.

El cuerpo se me cerró por reflejo. Sebastián esperó, pero no se retiró.

—Respire.

La orden de Fernando. La misma voz sin ser la misma.

Tomé aire y empujé hacia atrás.

Entró despacio al principio. El dolor llegó antes que el placer: una línea caliente, profunda, que me obligó a aferrarme al sofá. Sebastián sostuvo mis caderas hasta quedar completamente dentro.

Permaneció quieto.

—¿Le duele?

—Sí.

—¿Quiere que salga?

Podía decirlo. La posibilidad estaba ahí, limpia y terrible.

—No.

Entonces comenzó a moverse.

«¿Usted quiere que pare? — La respuesta tardó lo suficiente para que ambos la entendiéramos: No.»

Al principio fueron embates cortos, contenidos. Después encontró un ritmo más duro. Cada golpe parecía llevar una acusación que nunca se había atrevido a pronunciar delante de Fernando. Yo recibía su rabia, pero también su hambre. Las dos cosas habían crecido juntas y ya no podían distinguirse.

No era justicia. Sebastián no podía recuperar su infancia dentro de mi cuerpo y yo no podía absolverme ofreciéndoselo. Pero durante unos minutos convertimos la culpa en algo que podía tocarse, apretarse y penetrarse.

Empujé hacia atrás.

Él lo sintió.

—Eso —dijo cerca de mi oído—. No finja que lo está soportando.

Me tomó del cabello y me obligó a volver la cara.

—Míreme.

Lo miré.

Tenía los ojos húmedos. No supe si por rabia, alcohol, placer o todo al mismo tiempo.

—Diga que soy mejor que él.

—No.

Aumentó el ritmo.

—Dígalo.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Claro que lo sé.

Me penetró más fuerte.

—Quiero quitárselo.

Comprendí entonces que no hablaba de mí. Quería quitarle algo a Fernando: una posesión, un secreto, la certeza de haber sido siempre el centro de nuestras vidas.

—No puedes ganarle así —dije.

Sebastián se detuvo dentro de mí.

—Pero puedo hacer que usted me recuerde.

Se movió nuevamente y esta vez fui yo quien pidió más.

La palabra salió sola. Sin castigo ni redención. Solo deseo.

—Más.

Sebastián sonrió.

Aceleró hasta que el sofá comenzó a golpear la pared. Su mano descendió y me sostuvo la verga. Me masturbó al mismo ritmo con que entraba en mí. El dolor cambió de temperatura. Sentí acercarse el orgasmo y traté de contenerlo, pero él reconoció la tensión.

—Véngase —ordenó—. Quiero verlo perder el control.

Me corrí en su mano y sobre el sofá, con una violencia que me dejó sin aire. El cuerpo se me contrajo alrededor de él. Sebastián cerró los ojos, hundió los dedos en mis caderas y se corrió dentro de mí.

Durante unos segundos no existieron Fernando, la infancia de Sebastián ni los doce años de mentiras. Solo dos hombres respirando como si hubieran escapado de algún sitio.

Después regresó todo.

Sebastián salió de mí y se apartó. La pérdida repentina de su peso dejó entrar el frío.

Se vistió sin mirarme.

—Esto no pasó —dijo.

Yo continuaba desnudo.

—Pasó.

—Si le dice a mi papá, lo niego.

—No pienso decírselo.

Se abrochó el pantalón.

—Y si intenta buscarme…

—No voy a buscarte.

Aquello pareció herirlo más que cualquier otra cosa.

Abrió la puerta, pero antes de salir se volvió.

—¿Era mejor que yo?

—No hagas esa pregunta.

—Respóndame.

—Eras tú.

Su rostro se contrajo. Por un instante volvió a ser el hijo al que su padre había dejado esperando demasiadas veces. Luego cerró la puerta.

Me quedé en el sofá, desnudo, con el cuerpo dolorido y el olor de Sebastián adherido a la piel. No había sido amor. Tampoco venganza, aunque él necesitara llamarla así. Habíamos utilizado el sexo para entrar en una habitación que llevaba años cerrada y, una vez dentro, no encontramos nada que pudiéramos reparar.

A las tres de la mañana me duché. El agua quemó donde había estado.

Cuando salí, encontré una llamada perdida de Fernando. Después llegó un mensaje:

¿Has visto a Sebastián? Salió y no contesta.

Miré la pantalla hasta que se apagó.

No respondí.

Sebastián y yo nunca volvimos a hablar de esa noche. Cuando coincidimos, meses después, en el cumpleaños de un amigo común, nos saludamos con un movimiento de cabeza. Fernando estaba entre nosotros contando una historia que ninguno escuchaba.

Pero algunas madrugadas, cuando un joven me observa con demasiada rabia desde el otro lado de un bar, mi cuerpo recuerda antes que yo.

El deseo no siempre es bello. Tampoco siempre dice la verdad.

A veces es apenas el idioma brutal que dos hombres encuentran cuando todavía no saben pronunciar: tú también me lastimaste.