Cuando mostrar el cuerpo también significa administrar una empresa
Imaginemos una jornada laboral descrita únicamente por sus tareas: responder mensajes, preparar fotografías, ordenar archivos, negociar precios, seguir las estadísticas de una plataforma, promocionar una cuenta en redes, atender a clientes que esperan una respuesta personal y decidir qué hacer cuando las ventas caen. Nada de esa enumeración requiere mencionar el desnudo. Sin embargo, describe una parte sustancial del trabajo que se realiza en plataformas de contenido íntimo por suscripción.
El relato público suele comenzar en otro lugar: un cuerpo que cobra por ser mirado. La simplificación resulta cómoda para quienes consumen y para quienes juzgan. Borra las horas invisibles, las habilidades comerciales y el hecho de que el producto ofertado puede incluir algo difícil de clasificar: la impresión de una relación cercana con alguien a quien tal vez nunca se conocerá.
Esta no es la historia de una fotografía robada. En principio, hablamos de personas adultas que deciden ofrecer contenidos o interacciones bajo ciertas condiciones. Esa distinción respecto de la difusión no consentida es irrenunciable. El problema que nos interesa aquí no es quién violó el permiso de publicar, sino cómo se organiza una actividad económica cuando el cuerpo, la identidad y la atención personal forman parte del servicio. La pregunta más incómoda quizá sea otra: ¿cuánto de uno mismo termina trabajando después de apagar la cámara?
El negocio empieza antes de la suscripción
Las plataformas han difundido una imagen seductora del trabajo independiente: abrir una cuenta, establecer un precio y cobrar directamente a un público. La promesa contiene elementos reales de autonomía, pero omite el enorme esfuerzo de hacerse encontrar. En 2024, la investigadora Emily Coneybeare describió cómo las creadoras y los creadores de contenido para adultos utilizan redes externas para atraer suscriptores, sostener comunidades y aprender entre pares estrategias de autopromoción. Parte de ese trabajo no se remunera directamente; se realiza con la esperanza de que otra persona termine atravesando un enlace de pago.
Una cuenta no crece porque existan fotografías detrás de una barrera de acceso. Necesita que alguien las descubra, que reconozca una propuesta, que vuelva y que considere valiosa su permanencia. Los algoritmos, las restricciones de cada red social y el comportamiento cambiante de los públicos entran así a la intimidad del negocio. Hay que sostener presencia en canales donde no siempre es posible anunciar abiertamente lo que se vende. Eso exige diseño, lenguaje, cálculo de riesgo, tiempo y perseverancia.
En ciertos discursos sobre contenido erótico se habla de «dinero fácil». La expresión suele describir con exactitud el esfuerzo que el observador no quiere mirar. Tener audiencia no equivale a tener ingresos constantes. Una persona con muchos seguidores puede convertir pocos en clientes; otra puede vivir de un grupo pequeño. Sin datos de cuentas reales y condiciones comparables, cualquier cifra de ganancias promedio aplicada a todos sería una fantasía estadística.
El precio de parecer disponible
La tesis doctoral de Margherita Di Cicco, presentada en la Universidad de Milán en 2024, estudió la plataformización del trabajo sexual digital mediante etnografía de plataforma y entrevistas a 35 personas trabajadoras del sector. Su investigación muestra la relevancia de la popularidad acumulada en otras redes, la autopromoción y la integración de distintas plataformas. No se trata de una simple sustitución de la industria pornográfica tradicional por una página de suscripciones. Es una forma de trabajo situada entre entretenimiento adulto, influencia digital y gestión permanente de la propia marca.
Un estudio posterior publicado en *The British Journal of Sociology*, basado en 45 entrevistas a creadores de Francia, Bélgica y Suiza francófona realizadas entre 2024 y 2025, propone pensar esta actividad como una mercantilización continua del yo íntimo. La formulación puede sonar abstracta, pero apunta a una experiencia reconocible en muchas profesiones de servicios: no se vende sólo una tarea, también se espera una cierta personalidad. En este mercado, el trato cercano, la atención y la promesa de singularidad se vinculan directamente con los ingresos.
Hay trabajos en los que se exige sonreír. Aquí, a veces, se exige desear o al menos representar una forma convincente de atención. La frontera profesional puede volverse borrosa: un cliente escribe durante la noche, pide exclusividad o interpreta el intercambio comercial como comienzo de una relación. No todos los creadores ofrecen ese tipo de interacción, y sería injusto atribuir a todos las mismas presiones. Lo importante es reconocer que la comunicación puede convertirse en otro producto y que sostener sus límites también consume energía.

En los mercados donde la imagen masculina se valora mediante juventud, musculatura o determinadas representaciones de virilidad, el envejecimiento puede ser leído erróneamente sólo como amenaza. Pero la sexualidad adulta también posee públicos y narrativas diversas. Que exista demanda por cuerpos maduros no elimina las desigualdades, ni garantiza rentabilidad; sí recuerda que el deseo no obedece a un solo catálogo comercial.
La independencia tiene intermediarios
Trabajar por cuenta propia no significa trabajar sin dueños de infraestructura. Los servicios de pagos, las políticas de moderación, los términos contractuales, los mecanismos de verificación de identidad y las plataformas que permiten anunciar el contenido condicionan la actividad. Una modificación de reglas puede afectar los ingresos sin que cambie el trabajo realizado. Una suspensión de cuenta puede dejar inaccesible una audiencia construida durante meses o años.
Al mismo tiempo, los contratos privados no resuelven por sí solos cuestiones laborales y sociales: protección de datos, carga tributaria, atención a abusos, salud mental, seguridad de las personas que aparecen en el contenido y vías de reclamación. La situación jurídica varía de país a país. No corresponde describir a los creadores como trabajadores asalariados de una plataforma por defecto, ni negar que desarrollan trabajo por no existir una relación laboral tradicional.
En México, la investigación de Andrea Reyes Flores publicada en *Veredas* en 2024 analiza la precarización y producción de contenido erótico mediante plataformas desde una perspectiva de trabajo femenino. Su enfoque es importante también para no extrapolar datos: las condiciones documentadas de mujeres creadoras no permiten afirmar automáticamente que todos los hombres gays enfrentan idénticas experiencias. Clase, género, trayectoria digital, redes de apoyo y margen de negociación pueden cambiar sustancialmente las condiciones de producción.
La economía del contenido íntimo admite coexistencias difíciles: elección genuina y presión económica, creatividad y fatiga, orgullo por el trabajo y deseo de preservar una parte de la vida que nunca se vende. No es necesario negar ninguna de ellas para comprender que detrás de una interfaz diseñada para parecer sencilla suele haber un oficio complejo.
Lo que nadie ve cuando se paga por mirar
Quien contrata una suscripción puede imaginar que compra acceso a una habitación. El creador quizá está administrando, además, un pequeño negocio que necesita inventario, horarios, equipo, estrategias de seguridad, criterios de colaboración y límites sobre lo que puede pedírsele. La diferencia entre ambas percepciones sostiene buena parte de la tensión comercial.
La idea de que pagar otorga un derecho ilimitado resulta especialmente peligrosa. Pagar permite recibir aquello que fue ofrecido bajo las condiciones aceptadas; no compra la intimidad privada completa de quien publica. El cliente no adquiere facultades sobre su nombre real, sus relaciones, su domicilio ni la circulación irrestricta de los archivos. La autonomía de la persona trabajadora exige que pueda retirar una oferta, rechazar una petición y conservar zonas de su vida que no forman parte del producto.
También del lado del creador existen responsabilidades: verificar que las personas representadas sean adultas y hayan consentido, respetar acuerdos de colaboración y no convertir la vulnerabilidad ajena en un recurso promocional. Hablar del trabajo sexual digital como trabajo no significa borrar riesgos ni suponer que toda práctica está justificada por generar dinero. Significa investigarlo con el mismo rigor que exigiríamos al estudiar cualquier industria cuya rentabilidad depende de personas concretas.
El periodismo necesita, para una futura versión con perfiles personales, entrevistas originales con trabajadores adultos que decidan hablar de ingresos, horarios, fronteras con clientes y expectativas. No hemos realizado esas entrevistas. Los estudios citados recogen testimonios auténticos en sus propias investigaciones, pero no serían nuestras fuentes testimoniales directas. Esta pieza se presenta, por eso, como reportaje documental sobre una actividad económica, no como una crónica de acceso a cuentas o estudios de grabación que no visitamos.
La última imagen del negocio no debería ser una persona quitándose la ropa. Tal vez resulte más reveladora otra: la luz de una pantalla encendida al final de la jornada, una cuenta pendiente de responder y alguien decidiendo si todavía le queda tiempo para existir sin convertirse en contenido. Ahí termina la fantasía del dinero fácil y comienza una pregunta de trabajo muy antigua: quién pone precio al tiempo que nos pertenece.
Fuentes y lecturas
- F1 · Emily Coneybeare / The iJournal (2024). Promoción no pagada, redes externas y cooperación entre creadores de contenido adulto.
- F2 · Margherita Di Cicco / Universidad de Milán (2024). Tesis: etnografía digital y 35 entrevistas sobre plataformización del trabajo sexual.
- F3 · Brasseur et al. / The British Journal of Sociology (2026). Investigación con 45 entrevistas y 14 versiones de términos: mercantilización continua del yo íntimo.
- F4 · Andrea Reyes Flores / Veredas / UAM Xochimilco (2024). Investigación mexicana de precarización y contenido erótico femenino; no extrapolar a hombres.

















