Cuando una prenda guarda la presencia de otro hombre

Hay prendas que sobreviven a su utilidad. Ya no sirven para abrigar, están gastadas en los puños o han perdido la forma del cuerpo que las llevaba. Permanecen, sin embargo, en un cajón. A veces basta acercarlas al rostro para que reaparezca algo que no estaba en ninguna fotografía: una proximidad, una mañana, el calor de una espalda que en la memoria todavía no termina de alejarse.

No todas las camisas tienen esa vida secreta. Ni todo olor convoca ternura. Puede devolver una habitación desagradable, una estación perdida o el recuerdo de alguien a quien preferiríamos olvidar. Pero cuando una prenda conserva para nosotros el rastro de otro hombre, el deseo encuentra una forma de discutir con el tiempo. Los ojos comprueban que la persona no está. El olfato, a veces, se comporta como si acabara de pasar.

Sería fácil reducir esa experiencia a un fetiche, o explicarla con la palabra nostalgia. Ambas pueden ser ciertas y ambas resultan insuficientes. Un fetiche no describe por sí solo lo que ocurre cuando un objeto concentra ausencia, cariño, costumbre, deseo y duelo. Tampoco una teoría de la memoria puede explicar completamente por qué una camiseta usada pertenece, para ciertas personas, al orden de los tesoros privados.

La memoria no siempre toca la puerta

El olfato mantiene relaciones estrechas con sistemas cerebrales vinculados con emoción y memoria. La investigación no justifica asegurar que un olor contiene literalmente una persona ni que todos recuerdan mejor gracias a él. Sí permite afirmar algo más preciso y acaso más interesante: ciertos estímulos olfativos pueden evocar recuerdos autobiográficos con una cualidad emocional y de retorno al pasado que los distingue de otras señales.

La psicóloga Rachel Herz y Jonathan Schooler estudiaron en 2002 la respuesta a recuerdos evocados mediante olores y señales visuales. Encontraron que, en las condiciones de aquel experimento, los recuerdos asociados a olores despertaron emociones más intensas y una mayor sensación subjetiva de regresar al acontecimiento. En 2006, Johan Willander y Maria Larsson observaron en adultos mayores un patrón temporal peculiar: los recuerdos provocados por olores tendían a remontarse más a la infancia que los evocados por palabras o imágenes. No significa que todas las experiencias amorosas de adultos funcionen igual, ni que exista un interruptor universal de la memoria sentimental. Significa que esa impresión de ser transportados por un aroma no es sólo un recurso literario.

La literatura conocía la intensidad de este fenómeno antes de que los laboratorios lo midieran. Proust convirtió un sabor y su perfume asociado en una máquina narrativa de regreso. Pero el hombre que abre el armario de quien amó no está buscando confirmar una hipótesis científica. Quizá sólo quiere comprobar si todavía reconoce, entre el jabón, la tela y la piel, algo de aquella vida compartida.

Hay una diferencia entre recordar a una persona y recordar con el cuerpo que estuvimos cerca de ella. Las fotografías organizan la distancia: permiten mirar desde afuera. Un olor puede ser más invasivo. No muestra una cara, no ordena una escena, no explica dónde estamos. Entra sin pedir permiso a la experiencia y la vuelve presente por un instante. Por eso cuesta tanto describir algunos recuerdos olfativos. Tenemos un lenguaje abundantísimo para lo que vemos y uno mucho menos dócil para aquello que olemos.

La ropa como archivo imperfecto

Una prenda no guarda el cuerpo en estado puro. Absorbe detergente, humedad, aire de la calle, perfume, humo, cocina y las transformaciones del tiempo. El olor cambia, se mezcla y puede desaparecer. Precisamente por eso resulta tan vulnerable como archivo. Su valor no está en conservar una muestra exacta de alguien, sino en la relación entre lo que permanece y lo que nosotros reconocemos.

Hombre adulto sentado sobre una cama que acerca a su rostro una prenda de tela clara.
El olor puede despertar recuerdos intensos sin reconstruir intacto el pasado.

En una pareja, esa intimidad sensorial suele construirse mucho antes de ser consciente. Se aprende el olor de una almohada compartida, el perfume usado para salir, la ropa después de una jornada larga, la diferencia entre el cuerpo recién lavado y el cuerpo que vuelve del trabajo. El amor, cuando existe, no transcurre en un mundo higiénicamente neutro. Habita una casa y sus pequeñas persistencias. También lo hace el deseo: puede encontrar atracción allí donde el mercado cosmético sólo reconoce la necesidad de perfumar, neutralizar o esconder.

Conviene no romantizarlo todo. Hay olores que una persona disfruta y otra encuentra insoportables. Algunas preferencias se viven como práctica erótica consensuada; otras nacen de la memoria afectiva sin ninguna intención sexual. Las palabras «masculino», «natural» o «auténtico» pueden funcionar como ideales, pero no describen una esencia biológica de los hombres. A menudo nombran hábitos aprendidos, códigos culturales y asociaciones personales. El aroma de un taller, de una camisa limpia o de un vestidor puede excitar a alguien porque forma parte de su historia; no porque posea un poder idéntico sobre todos los cuerpos.

En el universo gay masculino, donde durante mucho tiempo hubo que aprender a reconocer el deseo mediante señales discretas, lo sensorial también pudo adquirir el valor de un lenguaje privado. Sería abusivo presentar esto como una característica general de los hombres gays: no hay una memoria olfativa exclusiva de una orientación sexual. Lo que sí cambia entre vidas es el contexto. Para quien no pudo guardar una fotografía de una relación, una prenda quizá tuvo más posibilidades de permanecer sin levantar preguntas. Para quien ha compartido décadas con una pareja, el olor puede ser parte de un territorio doméstico tan íntimo que nadie más sabría leerlo.

Deseo, ausencia y propiedad

Conservar algo de un hombre no significa conservar a ese hombre. Ahí aparece una tensión menos complaciente. Una camisa puede ser regalo, préstamo olvidado o objeto retenido después de una separación. No son historias idénticas. El afecto no concede automáticamente propiedad sobre las pertenencias del otro, del mismo modo que el deseo de sentirlo cerca no autoriza invadir su intimidad. La memoria merece su espacio, pero no debe convertirse en una coartada para apropiarse de lo ajeno.

La diferencia se vuelve más delicada cuando una relación termina. Hay objetos que ayudan a tolerar el vacío y otros que impiden reconocerlo. Ninguna regla externa determina cuándo una prenda debe guardarse o salir de casa. Algunas personas necesitan retirarla para sobrevivir a la pérdida; otras encuentran alivio en conservarla. El olor puede consolar hoy y herir mañana, o perder por completo la fuerza que alguna vez tuvo. La memoria no firma compromisos de permanencia.

Con los años también cambian nuestros propios cuerpos. El olor que recordamos puede pertenecer a alguien de treinta años al que volvemos a encontrar décadas más tarde, transformado. ¿Qué hacemos con esa discordancia? El deseo maduro conoce un privilegio extraño: puede amar el cuerpo presente y recordar, sin necesidad de elegir entre ambos, todos los cuerpos anteriores de la misma persona. Una prenda vieja quizá no compite con lo que existe hoy. Sencillamente conserva otra estación del vínculo.

El comercio ha aprendido a vender aromas como identidades: éxito, virilidad, juventud, seducción. La experiencia íntima suele ser menos obediente. Hay hombres que no recuerdan la marca de ningún perfume de su pareja, pero reconocen un abrigo después de un día lluvioso. Aquello que permanece no siempre fue diseñado para gustar. En ocasiones fue precisamente lo que nadie intentó fabricar.

Lo que no se puede embotellar

Una fotografía se digitaliza. Una voz puede grabarse. El olor resiste de otra manera: puede describirse, analizarse químicamente, reproducirse en ciertas condiciones, pero la experiencia personal que despierta no viaja intacta con sus moléculas. Hace falta una vida alrededor para que esa información se convierta en recuerdo. Hace falta alguien que, al encontrar un aroma en la ropa, sepa a quién pertenece dentro de su memoria.

Quizá esa sea la razón por la cual una prenda gastada puede pesar más que un regalo costoso. No prueba nada ante los demás; no sirve como documento de una relación y acaso ni siquiera conservará su olor mañana. Su valor existe en el encuentro entre la tela y quien la acerca al rostro.

Algún día llegará el momento de lavarla, regalarla o admitir que ya sólo huele a armario. No será necesariamente una derrota. Los vínculos no dependen de que un tejido mantenga para siempre una fragancia. Pero mientras queda ese rastro, pequeño e incierto, el cuerpo ensaya una forma privada de regreso. No devuelve al hombre. Devuelve, durante unos segundos, la sensación de haber estado allí.

Fuentes y lecturas