Álvaro quiere una experiencia “auténtica”. Demetrio acepta darle una sola cosa que no podrá convertir en teoría: su deseo.

Álvaro llevaba seis días en la Sierra Norte y ya había utilizado la palabra “auténtico” once veces. Demetrio las contó porque era preferible contar palabras que corregir a un antropólogo frente a todo el grupo.

El español tenía cuarenta y dos años, una beca europea, botas que costaban más que una cosecha pequeña y la costumbre de inclinar la cabeza cuando alguien hablaba, como si escuchar fuera una postura del cuerpo. Había venido a investigar turismo comunitario, lengua y territorio. Preguntaba por “la cosmovisión” antes de aprender el nombre de quien le servía el café.

Demetrio tenía cuarenta y siete, estudiaba suelos desde antes de que Álvaro publicara su primer libro y coordinaba recorridos porque hablar con visitantes dejaba dinero para el vivero. Era zapoteco de una comunidad serrana concreta, no representante de una esencia. Hablaba una de las muchas variantes de su lengua, español y suficiente inglés para reconocer cuándo un extranjero suponía que no entendía.

También sabía reconocer el deseo.

Álvaro lo miraba cuando cargaba costales, cuando explicaba la rotación del maíz y cuando se lavaba los brazos en una llave del patio. No observaba las prácticas agrícolas: observaba el vello mojado pegado a los antebrazos de Demetrio y luego anotaba cualquier cosa en su libreta.

La última tarde, mientras los demás regresaban al alojamiento, Álvaro preguntó por una milpa apartada que habían visto desde el camino.

—Quiero conocerla sin el grupo —dijo—. Algo menos preparado.

Demetrio lo miró hasta que la frase mostró lo que escondía.

—¿Quiere conocer la milpa o quiere quedarse solo conmigo?

Álvaro se ruborizó. La honestidad le sentaba mejor que la teoría.

—Las dos cosas.

Caminaron cuarenta minutos. El sendero bajaba entre encinos y después se abría sobre una ladera sembrada. No había luna. Las hojas de maíz cortaban el aire con un sonido seco; la humedad subía desde la tierra.

La cabaña pertenecía a la familia de Demetrio y servía durante el trabajo de temporada. Adobe reparado, techo de lámina, un petate limpio, una mesa, herramientas, lámpara solar y una botella de mezcal comprada en el pueblo. Nada era ancestral ni estaba dispuesto para turistas.

Álvaro recorrió el interior con una fascinación que empezaba a molestar.

—Esto es exactamente lo que buscaba.

—No —dijo Demetrio—. Usted me estaba buscando a mí.

Puso dos vasos sobre la mesa, sirvió apenas un dedo de mezcal y guardó la botella. Bebieron. Álvaro esperaba quizá una explicación ritual. Demetrio no se la dio.

—¿Puedo besarte? —preguntó el español.

—Puede. Pero antes me va a responder algo.

Álvaro dejó el vaso.

—¿Qué cosa?

—¿Quiere acostarse con un hombre o con el indígena que inventó durante el viaje?

La pregunta quedó entre ambos. Afuera, algo pequeño se movió entre las hojas.

—Contigo —dijo Álvaro.

—No es lo mismo que decir mi nombre.

—Con Demetrio.

Demetrio se acercó. Le quitó la libreta del bolsillo de la camisa y la dejó sobre la mesa.

—Entonces esta noche no toma notas.

El beso no fue rudo. Fue lento y deliberado, más incómodo para Álvaro que cualquier empujón porque no le permitía representar una escena. Demetrio sabía exactamente lo que hacía. Le abrió la boca, le sostuvo la cintura y esperó a que el español dejara de anticipar la siguiente acción.

Álvaro quiso tomar el control. Metió una mano bajo la camisa de Demetrio, bajó por el vientre y encontró una erección gruesa contra el pantalón. Demetrio le sujetó la muñeca.

—¿Eso quiere?

—Sí.

—Dígalo sin palabras de libro.

Álvaro tragó saliva.

—Quiero que me cojas.

Demetrio sonrió por primera vez esa noche.

—Eso sí lo entendí.

Abrió un cajón y sacó preservativos y lubricante. Los puso junto a la lámpara.

Demetrio y Álvaro conversan sentados frente a frente sobre el petate de la cabaña.
Antes de desnudarse, Demetrio hizo que Álvaro dijera exactamente lo que quería.

—¿Está sobrio?

—Sí.

—¿Sabe qué va a pasar?

—Sí.

—Si quiere que pare, dice mi nombre. No “alto”. Mi nombre.

Álvaro asintió.

Se desvistieron sin ceremonia. Demetrio tenía el cuerpo de un hombre que trabajaba y también sabía descansar: piernas fuertes, vientre amplio, cicatrices pequeñas, vello negro atravesado por algunas canas. Álvaro era más pálido, musculado de manera regular, con la piel intacta de quien paga para exponerse solo a riesgos elegidos.

Demetrio lo miró completo. No como objeto colonial, no como visitante, no como cartera. Como hombre desnudo y excitado.

—Bonito —dijo.

Álvaro pareció sorprendido de que el deseo pudiera circular también hacia él.

Demetrio se sentó en el petate y lo llamó con un dedo. Álvaro se arrodilló. Tomó la verga morena, pesada, completamente erecta. La olió antes de besar la cabeza. Demetrio le pasó una mano por el cabello, sin empujarlo.

—No tiene que demostrar nada.

Álvaro la metió en la boca. Chupó despacio, aprendiendo el grosor, el sabor salado, la forma en que Demetrio flexionaba las caderas cuando la lengua pasaba debajo del glande. La respiración del otro fue la primera evaluación que le importó en todo el viaje.

Después Demetrio lo levantó y lo besó con su propio sabor. Lo hizo acostarse boca abajo. Recorrió la espalda con ambas manos, bajó por las nalgas y las separó. Álvaro se tensó al sentir la lengua.

Demetrio no se comportó como la fantasía salvaje que le habían asignado. Lo abrió con paciencia, saliva y después lubricante. Metió un dedo, esperó; añadió otro, esperó de nuevo. La lentitud era una forma de mando más eficaz que la violencia.

—Más —pidió Álvaro.

—¿Más qué?

—Más fuerte.

Demetrio le dio una palmada en la nalga. No para castigarlo: para comprobar la palabra. Álvaro empujó el culo hacia atrás.

—Otra.

La segunda dejó una marca rosada. Demetrio le puso el condón, añadió lubricante y acomodó la cabeza entre las nalgas.

—Diga mi nombre.

—Demetrio.

Entró despacio hasta que el cuerpo de Álvaro se cerró alrededor de él. Esperó. El español respiró contra el petate, con las manos abiertas sobre las fibras.

—Sigue.

Demetrio salió casi completo y volvió a entrar. Esta vez no hubo cautela innecesaria. Sujetó a Álvaro por las caderas y encontró un ritmo profundo, firme, cada golpe acompañado por el ruido del maíz afuera. Álvaro pidió más en español, luego en catalán, después dejó de utilizar palabras.

La escena no tenía nada de ancestral. Había un condón industrial, una lámpara solar, sudor, tierra pegada a un tobillo y dos hombres usando una fantasía sin confundirla con la verdad. Demetrio podía ser dominante sin representar a un pueblo. Álvaro podía desear esa fuerza sin escribir un tratado sobre ella.

Cuando el español intentó masturbarse, Demetrio le apartó la mano y lo hizo arrodillarse. Siguió penetrándolo desde atrás, una mano sobre el pecho y la otra cerrada alrededor de su pene.

—Ahora sí —dijo.

Demetrio penetra por detrás a Álvaro mientras lo masturba sobre el petate de la cabaña.
Ahora si.

Álvaro se corrió en la mano de Demetrio, sobre el petate, con un gemido quebrado. Las contracciones lo apretaron hasta que Demetrio terminó dentro del condón. Permanecieron unidos unos segundos, respirando el mismo aire caliente.

Después se sentaron en extremos opuestos del petate. Demetrio anudó el preservativo y lo guardó en una bolsa. Álvaro miró la botella cerrada.

—Creí que ibas a emborracharme.

—Ya venía suficientemente borracho de usted mismo.

Álvaro soltó una carcajada. Era la primera vez que Demetrio lo oía reír sin querer agradar.

A la mañana siguiente caminaron de regreso. Álvaro se detenía algunas veces por la molestia agradable entre las piernas. En el alojamiento abrió la libreta y escribió: “Experiencia transformadora de inmersión…”.

Demetrio, que estaba detrás, leyó por encima de su hombro. Tomó el lápiz, tachó la frase y escribió debajo: “Demetrio me gustó”.

—Eso sí es auténtico —dijo.

Álvaro no volvió a tacharlo.

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