Raúl vuelve a inventar una avería. Esta vez el cerrajero decide cobrar también por aquello que el dueño de la casa no sabe pedir.

Juriquilla, Querétaro · Martes · 11:30 de la mañana

La primera vez, Lalo cambió el cilindro de la puerta principal. La segunda ajustó una ventana que no cerraba. La tercera revisó la chapa del estudio y comprobó que estaba perfecta. Raúl pagó cada visita en efectivo, añadió una propina absurda y nunca sostuvo la mirada más de tres segundos.

La cuarta solicitud llegó un martes a las nueve de la mañana: “La cerradura volvió a fallar. Mi esposa está fuera. ¿Puede venir antes de las doce?”.

Lalo leyó el mensaje desde su taller, entre copias de llaves y controles de estacionamiento. Tenía treinta y seis años, un negocio propio que apenas empezaba a dejar dinero y la paciencia exacta para desmontar mecanismos pequeños. Contestó: “La visita cuesta seiscientos. Lo otro no entra en garantía”.

Raúl tardó cuatro minutos en responder.

“¿Cuánto cuesta lo otro?”

Lalo sonrió.

Llegó en motocicleta a las once y media. Peto de mezclilla, camiseta negra, botas limpias y una mochila de herramientas que contenía, además de ganzúas y destornilladores, lo necesario para no improvisar. Raúl lo esperaba en la puerta con un traje azul que debía costar más que la moto.

—Pase —dijo.

La casa era grande, silenciosa y demasiado ordenada. Juriquilla se extendía detrás de los ventanales en bardas, jardines jóvenes y construcciones nuevas. El aire acondicionado mantenía una temperatura que borraba el mediodía de Querétaro.

Lalo cerró la puerta.

—Antes de revisar nada, dígame qué quiere.

Raúl intentó sonreír. Tenía cincuenta y ocho años, canas cuidadas, hombros todavía firmes y un vientre que la camisa hecha a medida disimulaba mejor que él. En el trabajo daba órdenes a cien personas. Frente al cerrajero no encontraba una frase completa.

—Lo que usted dijo en el mensaje.

—Yo no dije qué era.

Raúl miró hacia la escalera, aunque sabía que la casa estaba vacía.

—Quiero que me mande.

Lalo dejó la mochila sobre una consola.

—¿Que le hable fuerte? ¿Que lo ponga de rodillas? ¿Que lo penetre?

Cada palabra abrió un poco más la boca de Raúl.

—Sí.

—No es una respuesta. Elija.

Raúl respiró por la nariz.

—Todo. Sin golpes. Sin marcas donde se vean.

—Y si quiere que pare, dice “llave”. No lo va a decir para jugar. ¿Entendido?

—Entendido.

Lalo señaló el estudio.

—Abra.

Raúl empujó la puerta. Lalo la cerró detrás de ambos y giró el seguro que supuestamente fallaba. El clic sonó limpio.

—Quítese el saco.

Raúl obedeció. Después la corbata. Cuando empezó a desabotonarse la camisa, Lalo le apartó las manos.

—Eso lo hago yo.

Abrió botón por botón sin prisa. Debajo encontró un pecho blanco, vello gris y pezones endurecidos antes de tocarlos. Raúl quiso meter el abdomen. Lalo le dio una palmada seca en el vientre.

—No esconda lo que pagó para que yo mire.

La frase produjo un cambio visible. Raúl dejó caer los hombros. Su cuerpo no se volvió más joven ni más perfecto; se volvió disponible.

Lalo lo besó. Primero con la boca cerrada, probándolo. Después le tomó la nuca y entró con lengua. Raúl perdió el equilibrio y apoyó una mano en la puerta. La otra quiso bajar hacia el peto.

—Todavía no.

Lo llevó hasta el sofá y lo hizo sentarse. Desabrochó el cinturón de piel, abrió el pantalón y liberó una erección grande, roja, inclinada hacia el ombligo. Sobre el sofá, el saco, la corbata y la camisa quedaron amontonados junto a la jerarquía que ninguno quiso conservar dentro del estudio. Raúl cerró los ojos.

Camisa blanca, corbata, mezclilla, herramientas y llaves abandonadas sobre un sillón de piel después de que dos hombres adultos se desvistieron.
La ropa dejó sobre el sofá la jerarquía que ninguno quiso conservar dentro del estudio.

—Míreme.

Lalo la sostuvo en la mano. No estaba sucia de aceite como en la fantasía barata que Raúl se había contado: se había lavado antes de salir del taller. Aun así era una mano de trabajo, con pequeños cortes y la dureza del metal. La diferencia bastó.

Le pasó el pulgar por la cabeza húmeda y esperó a que Raúl gimiera. Luego se inclinó, lo tomó en la boca hasta donde pudo y retrocedió despacio. Raúl apretó los puños contra el sofá.

—No se venga —ordenó Lalo—. No he cobrado todavía.

Se puso de pie y abrió el peto. Su cuerpo era compacto, velludo, sin la definición inútil de un gimnasio. La verga estaba dura dentro del bóxer, marcada contra la tela. Raúl la miró como había mirado las herramientas: con respeto y miedo a utilizarlas mal.

Lalo se la sacó.

—De rodillas.

Raúl bajó al piso. La alfombra le raspó las rodillas mientras recibía el pene del cerrajero. Al principio chupó con cautela, como si temiera una evaluación. Lalo le sostuvo la mandíbula y marcó un ritmo lento. No lo ahogó; lo obligó a permanecer. Cada vez que Raúl intentaba retirarse demasiado pronto, la mano en la nuca le recordaba lo que había pedido.

—Así. Sin presumir. Trabaje.

La humillación no estaba en arrodillarse. Estaba en el alivio de no dirigir nada.

Cuando Lalo lo levantó, Raúl tenía saliva en la barbilla y la camisa abierta. El cerrajero sacó de la mochila un sobre de lubricante y un condón.

—Apóyese en el escritorio.

Raúl terminó de quitarse la camisa. Lalo dejó caer el peto y el bóxer junto al resto de la ropa sobre el sofá. Después le bajó el pantalón y el bóxer hasta los tobillos; Raúl terminó de sacárselos con los pies. Sus nalgas maduras, redondas, más firmes de lo esperado, quedaron bajo la luz cortada de las persianas. Lalo las separó con ambas manos y pasó un dedo lubricado por el ano. En el reflejo, Raúl vio su cuerpo desnudo apoyado sobre los contratos y, detrás, el cuerpo fuerte y velludo de Lalo empujando dentro de él.

—¿Sigue queriendo todo?

—Sí.

—Dígalo bien.

—Quiero que me penetre.

Lalo entró primero con un dedo, después con dos, sin prisa y sin convertir el cuidado en ternura. Raúl respiró contra la madera. Cuando estuvo abierto, escuchó el envoltorio, el caucho desplegándose y más lubricante.

La cabeza del pene presionó. Raúl se tensó.

—Míreme —dijo Lalo.

Había un espejo oscuro junto al librero. Raúl levantó la cara y vio al ejecutivo desnudo de cintura para abajo, apoyado sobre sus propios contratos; detrás, al hombre del peto abierto empujando dentro de él.

Cerrajero de 36 años penetra a ejecutivo maduro mientras se miran en el espejo.
Raúl y Lalo en su relación de trabajo.

La primera embestida fue lenta. La segunda llegó más hondo. Lalo encontró un ritmo firme, suficiente para mover los papeles sin tirar la computadora. Sujetó a Raúl por las caderas y lo hizo recibir cada centímetro. No había actuación salvaje ni obrero vengándose del patrón. Había un acuerdo exacto: uno pagaba para perder el mando y el otro cobraba por sostenerlo.

—Así me quería —dijo Lalo.

Raúl respondió con un gemido que terminó en risa. Se masturbó mientras lo penetraban, pero Lalo le apartó la mano.

—Todavía no.

Lo llevó al borde una vez, dos. Cuando finalmente le dijo que podía, Raúl se corrió sobre el escritorio, manchando una carpeta con el logotipo de la constructora. Lalo dio tres embestidas más y terminó dentro del condón, inmóvil contra su espalda.

Se separaron sin solemnidad. Lalo anudó el preservativo, lo envolvió y lo guardó para tirarlo fuera de la casa. Raúl permaneció inclinado, respirando, con una línea de semen sobre los documentos.

—Dos mil quinientos —dijo Lalo mientras se vestía—. Seiscientos de la visita. Mil novecientos de lo otro.

Raúl contó los billetes. Ya no le temblaban las manos.

—¿La cerradura sí funciona?

Lalo abrió la puerta, accionó el seguro y volvió a cerrarla.

—Perfectamente. El que no sabía pedir era usted.

A las doce y cuarto llegó la empleada. Encontró a Raúl frente a la computadora, con otra camisa y el saco puesto. En el sofá quedaba una marca apenas visible donde había descansado el cinturón de herramientas.

—¿Vino el cerrajero, señor?

Raúl miró la puerta cerrada del estudio.

—Sí. Pero va a tener que volver.

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