La primera vez ocurrió en su departamento. La segunda ya no tuvo pretexto. La tercera, el padre dormía al otro lado del pasillo.

Conocí a Julián hace nueve años, cuando su hijo ya vivía fuera de Querétaro y yo ya había cumplido cuarenta y dos.

Eso importa. No lo vi crecer. No lo cargué. No fui el amigo de la familia que le enseñó a manejar ni el adulto que lo observó convertirse en hombre. Nicolás llegó a mi vida completo: veintiocho años, barba cerrada, espalda de nadador, una seguridad que a veces parecía arrogancia y otras veces sólo era juventud bien llevada.

Julián hablaba de él con el orgullo torpe de los padres divorciados.

—El cabrón salió más centrado que yo.

Yo asentía, bebía mi whisky y procuraba no recordar la forma en que Nicolás me había mirado durante la comida del domingo.

La primera vez llevó unas llaves.

Julián las había olvidado en mi departamento después de una partida larga. A la mañana siguiente me escribió que su hijo pasaría por ellas. Abrí la puerta en pantalón de mezclilla y sin camisa, todavía húmedo de la ducha. Nicolás miró mi pecho antes de saludar.

No fue una mirada accidental. Bajó por el vello canoso, se detuvo en el abdomen y volvió a mi cara sin prisa.

—Mi papá dijo que dejó aquí sus llaves.

—En la mesa.

Entró. Pudo recogerlas y marcharse. En cambio, tomó el llavero, lo hizo sonar en la palma y preguntó:

—¿Desde cuándo eres amigo de él?

—Nueve años.

—Entonces me conoces de oídas.

—Casi todo lo que sé de ti lo contó tu padre.

Sonrió.

—Eso significa que no sabes nada.

Se acercó hasta dejar entre los dos el espacio de una respiración. Yo podía haber retrocedido. No lo hice.

—Nicolás, eres el hijo de mi amigo.

—Y tengo veintiocho, no ocho.

—No dije que fueras un niño.

—Pero lo estás usando para no mirarme.

Lo miré.

Tenía la boca apenas abierta y una erección visible bajo el pantalón. No parecía confundido. Tampoco parecía estar probándome para llevarle después una acusación a su padre. Estaba excitado y quería que yo lo supiera.

—Si te digo que pares, paras —dije.

—Sí.

—Si tú cambias de idea, me lo dices.

—Sí.

—Y esto no es una manera de castigar a Julián.

La sonrisa desapareció.

—Mi deseo no gira alrededor de mi papá.

Entonces me besó.

No fue un beso filial, vengativo ni indeciso. Me sujetó la nuca, abrió mi boca con la lengua y empujó su cadera contra la mía para que sintiera exactamente lo que quería. Yo le desabroché el pantalón. Su verga salió dura y caliente, más gruesa de lo que había imaginado durante toda la noche anterior, cuando me juré que no estaba imaginando nada.

La tomé. Él cerró los ojos.

—Así —dijo—. No me trates con cuidado sólo porque conoces a mi padre.

Me arrodillé.

Lo chupé despacio al principio, recorriendo con la lengua la cabeza húmeda, sintiendo cómo sus dedos se cerraban sobre mi cabello. Después me empujó hasta el fondo. No con violencia: esperando la resistencia de mi mano, deteniéndose cuando la encontró, volviendo a avanzar cuando fui yo quien tiró de su cadera.

—Mírame —dijo.

Levanté los ojos con su verga dentro de la boca. Su expresión no se parecía a la de Julián. Eso me tranquilizó y me decepcionó al mismo tiempo.

Me puso de pie, me bajó el pantalón y me llevó hasta el brazo del sofá.

—Quiero cogerte.

—Hay lubricante en el dormitorio.

—Ve por él.

La orden me endureció por completo.

Regresé con el frasco y un condón. Nicolás me miró colocárselo, luego puso lubricante en sus dedos y me abrió con una paciencia que desmentía su arrogancia. Un dedo. Después dos. Esperó a que mi respiración dejara de quebrarse.

—¿Así?

—Más.

Me inclinó sobre el sofá. Sentí la cabeza de su verga contra mí y el peso de una decisión que todavía podía deshacer.

—Dímelo —pidió.

—Cógeme.

Entró lentamente. El primer ardor me hizo cerrar los puños. Nicolás se quedó quieto, sujetándome las caderas, hasta que fui yo quien empujó hacia atrás y terminó de recibirlo.

Entonces comenzó a moverse.

No pensé en Julián durante los primeros minutos. Pensé en el cuerpo del hombre que estaba dentro de mí, en su respiración joven contra mi espalda y en el modo preciso en que encontraba el punto que me obligaba a gemir. Después el teléfono de Nicolás vibró sobre la mesa.

En la pantalla apareció: Papá.

Nicolás no se detuvo. Me penetró más hondo mientras el nombre de mi amigo iluminaba la habitación.

—No contestes —dije.

—No pensaba hacerlo.

Se corrió dentro del condón con la mano alrededor de mi verga. Yo acabé sobre el tapiz del sofá, mirando cómo la pantalla se apagaba.

Recogió las llaves al salir.

—Gracias —dijo.

No supe si hablaba de ellas.

La segunda vez ya no tuvo pretexto.

Tocó a mi puerta un jueves a las once de la noche. Yo abrí vestido. Él no llevaba llaves ajenas ni una excusa construida.

—Quería verte.

—Eso complica las cosas.

—No. Las aclara.

Lo dejé entrar.

Esa noche fui yo quien lo desnudó. Le quité la camisa, le mordí los pezones y lo empujé contra la pared. Quería demostrarme que no me había convertido en un hombre obediente por la diferencia de edad ni por el apellido que él llevaba.

Nicolás se dejó hacer hasta que le ordené ponerse de rodillas.

Me miró desde abajo.

—¿Ahora necesitas mandar?

—Ahora quiero tu boca.

La abrió.

Me chupó sin apartar los ojos de mí, lento y profundo, usando la lengua como si hubiera memorizado mi cuerpo después de una sola noche. Cuando estuve cerca, lo aparté y lo llevé al dormitorio.

—Hoy te cojo yo.

—Por fin.

Se puso boca abajo. Abrí sus nalgas y pasé la lengua por el centro hasta que dejó de bromear. Gemía contra la almohada, empujando hacia mi boca, pidiendo más con un movimiento que ningún padre había enseñado y que no pertenecía a nadie salvo a él.

Lo preparé despacio. Le puse un condón a mi verga y entré mientras él me guiaba con la mano.

—No pares —dijo.

Lo cogí mirando su espalda, su nuca, el músculo que se tensaba bajo la piel cada vez que llegaba al fondo. A mitad del sexo volvió la cabeza.

—¿Piensas en él cuando me coges?

La pregunta me hizo detenerme.

—A veces entra sin que lo invite.

—Pues sácalo.

Me tomó la mano y la llevó a su garganta, sin pedir presión, sólo contacto.

—Aquí estoy yo.

Seguí. Más lento, más hondo. Nicolás se masturbó debajo de mí y se corrió sobre la sábana. Yo acabé después, con el rostro hundido entre sus hombros.

No se quedó a dormir.

La tercera vez, Julián estaba en la casa.

Habíamos cenado los tres. Nicolás cocinó; Julián abrió dos botellas de vino y se quedó dormido en el sillón antes de medianoche. Entre los dos lo llevamos a su cuarto. Mi amigo murmuró algo sobre la edad, se rio solo y cerró los ojos.

—Quédate —dijo Nicolás en el pasillo—. No deberías manejar.

—Puedo pedir un coche.

—Hay cuarto de visitas.

Los dos sabíamos que no hablaba del cuarto.

Esperé veinte minutos después de apagar la lámpara. Escuché las tuberías, un coche en la calle, la tos de Julián al otro lado del pasillo. Luego la puerta se abrió y Nicolás entró descalzo.

Se quedó junto a la cama.

—Esta vez puedes decir que no.

—También las otras.

—Esta vez él está ahí.

La casa entera parecía contener la respiración.

—Cierra la puerta —dije.

Nicolás giró el seguro.

La puerta se cerró. Al otro lado del pasillo, el padre seguía durmiendo.

Se quitó la camiseta. Yo lo observé avanzar desnudo desde la cintura hasta la cama, la verga ya dura, el rostro serio. No había alcohol suficiente para explicar lo que estábamos haciendo. Tampoco odio, desafío ni error.

Se sentó sobre mí y me besó con una lentitud nueva. Mi mano recorrió su espalda y bajó entre sus nalgas. Él abrió las piernas.

—Quiero sentirte —susurró.

—¿Seguro?

—Sí. Sin preguntas que no harías con otro hombre.

Busqué el lubricante que él había dejado previamente en el cajón de la mesa. Ese detalle me excitó más que su desnudez: había planeado la noche.

Lo preparé con los dedos mientras se mordía el antebrazo para no hacer ruido. Después se colocó encima de mí, tomó mi verga y apoyó la punta en su entrada.

—Despacio —dijo.

Bajó.

Su cuerpo se abrió centímetro a centímetro hasta recibirme entero. Se quedó inmóvil, con las manos sobre mi pecho, respirando por la boca. Luego comenzó a montar.

Cada movimiento hacía crujir apenas la cama. Yo sujetaba sus caderas, intentando no pensar que, a pocos metros, mi amigo dormía bajo el mismo techo. Nicolás aceleró y el riesgo dejó de ser una idea: se convirtió en calor, contracción y el peso de su cuerpo sobre el mío.

Una tabla del pasillo sonó.

Nos quedamos quietos.

—¿Nico? —llamó Julián desde fuera.

Nicolás seguía sentado sobre mi verga. Sentí cómo se apretaba alrededor de mí.

—¿Sí, pa?

—¿Todo bien?

Me cubrió la boca con una mano. No para callarme por la fuerza; para compartir el peligro.

—Todo bien. Ya me iba a dormir.

Escuchamos los pasos alejarse.

Nicolás retiró la mano. Yo pensé que se levantaría. En cambio, se inclinó sobre mi oído.

—Ahora ya entró en la habitación.

Volvió a moverse.

Lo hizo despacio, mirándome, obligándome a sostener la conciencia de dónde estábamos y con quién. Me masturbó mientras me montaba. Yo sentía aproximarse el orgasmo, pero no quería cerrar los ojos.

—No apartes la mirada —dijo.

Me corrí dentro del condón. Nicolás siguió unos segundos más, exprimiendo cada espasmo, y después acabó sobre mi pecho con un gemido que mi mano convirtió en respiración.

Se acostó a mi lado. Ninguno habló durante un largo rato.

—¿Te arrepientes? —pregunté.

—No.

—¿Se lo dirías?

—No hoy.

—Eso no responde.

Nicolás volvió la cara hacia mí.

—Mi padre no decide con quién me acuesto. Pero tú sí decides qué clase de amigo quieres ser.

La frase me dejó desnudo de una manera que el sexo no había conseguido.

Al amanecer regresó a su cuarto.

Julián preparó café a las ocho. Tenía el pelo revuelto y la confianza intacta.

—Qué bueno que te quedaste —me dijo—. Contigo en la casa nunca me preocupo.

Nicolás estaba sentado frente a mí. Bajo la mesa, extendió el pie desnudo hasta tocar el mío.

No lo retiré.

La primera vez todavía podía llamarse accidente. La segunda había sido deseo.

La tercera tenía el rostro de mi amigo sirviéndome café.

La primera vez todavía podía llamarse accidente. La tercera ya era una decisión.

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