Ciudad de México. Colonia Doctores. 9:30 de la noche.
Llevaba tres meses yendo al gimnasio de la esquina, el que no tiene aire acondicionado ni espejos verdaderamente limpios, pero sí lo tiene a él.
No sé su nombre. Lo llamo «el entrenador», aunque tampoco sé si realmente lo es. Alguien dijo que tiene veintiocho años. Moreno, tatuajes en los brazos y el cuello, un piercing en la ceja y otro en el labio. Usa camisetas dos tallas más pequeñas que dejan ver el abdomen, el ombligo y el vello negro que desaparece bajo el elástico del short.
Yo tengo cuarenta y cinco. Cuerpo normal. Una barriga que apenas comienza a vencérseme sobre la cintura. Vello gris en el pecho. Recién divorciado de una mujer después de dieciocho años.
Y hambriento.
No de comida.
Esa noche llegué tarde. El gimnasio cerraba a las diez y los últimos clientes ya estaban guardando sus cosas. A las nueve cuarenta sólo quedábamos él y yo.
Estaba en el banco de pesas, intentando terminar una serie de press, cuando sentí su presencia detrás de mi cabeza.
Su olor llegó antes que sus manos: sudor, jabón de barra y algo cítrico en el pelo.
—Esa técnica está culera, jefe —dijo.
No «señor». Jefe.
Como si yo fuera su patrón, su dueño. O como si los dos supiéramos que no lo era.
Tomó mis muñecas.
—Así. Sienta el pecho, no los brazos. El pecho.
Acomodó mi agarre y bajó las manos hasta mis pectorales. Presionó con los pulgares. No parecía estar corrigiendo un ejercicio. Me estaba midiendo.
—Tiene buen cuerpo para su edad.
No sonó a cumplido ni a insulto. Lo dijo como quien confirma el peso marcado en una mancuerna.
Dejé la barra en su soporte y me puse de pie. Él no retrocedió. Quedamos frente a frente, demasiado cerca para seguir fingiendo que hablábamos del entrenamiento.
Sonrió. La pieza de metal en su labio atrapó la luz blanca del techo.
—¿Nunca ha probado un chavo, jefe?
No respondí.
—¿Qué está esperando?
Mi boca estaba seca.
Él miró hacia la entrada. Luego sacó un juego de llaves del bolsillo y apagó la mitad de las lámparas.
—Vamos al vestidor. Ya cerré.
No preguntó. Lo dijo con la misma voz con la que habría ordenado otra serie.
Podía negarme. Podía recoger mi mochila y salir.
Lo seguí.
El vestidor olía a humedad, cloro y ropa usada. Había dos bancas de madera, lockers oxidados y una regadera que nunca dejaba de gotear.
Él cerró la puerta sin ponerle seguro.
Se quitó la camiseta. Tenía el cuerpo duro de quien no necesita posar para que lo miren: pectorales definidos, abdomen marcado, tatuajes que desaparecían bajo el short.
—Quítese la playera.
Lo hice.
Frente a él me sentí pálido y blando. El pecho ya no era el de mis treinta y el vello gris me delataba bajo aquella luz despiadada.
El entrenador se acercó. Pasó la palma por mi pecho y pellizcó uno de mis pezones. Se endureció de inmediato.
—Responde bien —dijo—. Eso me gusta.
Se arrodilló.
Me bajó los shorts de un tirón. Mi verga salió semidura, roja, incapaz de esconder la urgencia que yo llevaba tres meses fingiendo no sentir.
La tomó con una mano. La observó unos segundos y después sacó la suya del short: más grande, más oscura, completamente dura.
—Vamos a despertarla.
Se la metió en la boca.
El calor fue inmediato. Su lengua no tenía delicadeza, pero sí hambre. Usaba una mano en la base y la otra alrededor de mis testículos. Chupaba y masturbaba con un ritmo obstinado, sin apartar del todo los ojos de mí.
Miré hacia abajo.
Su cabeza moviéndose. El cuello musculoso. La espalda ancha. Mi verga entrando y saliendo de sus labios, cubierta de saliva.
El sonido era húmedo, obsceno. Su barbilla golpeaba contra mis huevos y cada respiración suya parecía subir por mis piernas.
Se apartó.
Tenía los labios brillantes e hinchados.
—Aguante, jefe. Todavía no.
Se puso de pie y se quitó el short. Desnudo, su cuerpo era todavía más insolente: piernas fuertes, abdomen surcado y la verga curvada hacia arriba, goteando por la punta.
—Voltéese. Quiero ver ese culo de señor.
Obedecí.
Me agarró las nalgas y las separó. Sentí su respiración entre ellas.
—Bonito —dijo—. ¿Su vieja nunca se lo cogió?
Negué con la cabeza.
—Qué lástima.
Abrió uno de los lockers y sacó un envase pequeño de lubricante y un condón. Rasgó el envoltorio con los dientes. Antes de continuar, me miró.
No dijo nada.
Yo asentí.
El clic del tapón sonó demasiado fuerte en el vestidor vacío. Me untó lubricante y comenzó a presionar con un dedo.
—Relájese.
El dedo entró. Ardió. No era dolor puro, sino la evidencia física de que alguien me estaba tocando allí por primera vez y de que yo había decidido quedarme.
Agregó un segundo dedo. Esperó. Los movió despacio hasta que mis piernas dejaron de resistirse.
—Eso es —murmuró—. Ya entendió.
Escuché el roce del látex mientras se colocaba el condón. Después sentí la punta de su verga contra mi agujero.
Presionó.
Mi cuerpo se cerró.
—Respire. Si quiere que pare, me dice.
—No pare.
Volvió a empujar.
La cabeza comenzó a abrirme. El ardor subió por mi espalda y se convirtió en otra cosa: presión, vértigo, una necesidad que no sabía que podía sentirse tan adentro.
Grité.
Él se detuvo.
—¿Sigo?
Empujé hacia atrás.
Entró completo.
Permaneció quieto unos segundos. Podía sentir su pulso dentro de mí, la respiración contra mi nuca y el esfuerzo de su cuerpo por no moverse antes de tiempo.
—Eso es, jefe.
Comenzó despacio. Salía casi por completo y volvía a penetrarme mientras sus manos sostenían mi cintura. Cada movimiento encontraba un punto que nunca había conocido. El placer no estaba donde yo esperaba: venía desde el centro del cuerpo, profundo y urgente.
Aumentó el ritmo.
Me tomó del cabello y me obligó a arquear la espalda.
—Pídame más.
—Más.
—Dígalo bien.
—Por favor. Más.
Rio junto a mi oído y aceleró.
El golpe de sus caderas contra mis nalgas resonó entre los lockers. La banca crujía. La regadera continuaba goteando como si, detrás de aquella puerta, no estuviera cambiando nada.
Mi verga colgaba dura, palpitante, sin que nadie la tocara.
Sentí que el orgasmo comenzaba en el vientre.
—Me voy a correr.
—Hágalo.
Me corrí sin usar las manos.
No fue como los orgasmos que había tenido con mi esposa ni como los que me daba a solas. Nació detrás de la verga, en el lugar donde él seguía golpeándome, y se extendió en espasmos que me cerraron alrededor de su cuerpo.
Las piernas casi dejaron de sostenerme.
—Eso es —dijo—. Suéltelo.
Cuando terminé, permaneció dentro de mí unos segundos más. Después salió, se quitó el condón y me hizo sentarme en la banca.
Seguía duro.
Se colocó frente a mí y comenzó a masturbarse. Su puño se movía rápido mientras me miraba directamente a los ojos.
—Ahora sí —dijo—. Ahora sí me puede ver.
Se corrió sobre mi pecho y mi abdomen. Los chorros calientes cayeron también sobre mi verga, que comenzaba a ablandarse.
No aparté la mirada.
Él respiró profundamente, se inclinó y me besó en la frente.
—Bienvenido, jefe.
Se vistió y salió del vestidor. Desde el salón escuché cómo apagaba las lámparas restantes y arrastraba una pesa que alguien había dejado fuera de su lugar.
No me pidió el número. No preguntó si volvería.
Me quedé sentado en la banca, con el semen secándose sobre la piel, el culo adolorido y el corazón golpeándome el pecho.
Frente a mí estaba uno de aquellos espejos que nunca terminaban de limpiar.
Y en ese espejo sucio, antes de vestirme, descubrí que estaba sonriendo.



















