Masculinidad, poder y deseo en Iberoamérica

El macho debe mandar, resistir y esconder la necesidad. ¿Qué ocurre cuando el cuerpo que lo obliga a bajar la guardia pertenece a otro hombre?

En el vapor apenas se distinguen los cuerpos. Dos hombres pasan de los cuarenta. Uno conserva la espalda ancha de quien entrena sin vivir para el gimnasio; el otro tiene vello cano, vientre firme y una cicatriz que baja desde el pecho. Afuera podrían hablar de negocios, política, hijos o futbol. Allí dentro no dicen nada.

Se miran.

Uno afloja la toalla. El segundo se acerca, le toma la nuca y lo besa con una brusquedad que dura apenas un instante. Después afloja la mano. Espera. El otro no retrocede.

Ninguno parece menos hombre cuando uno de ellos se arrodilla.

Dos hombres musculosos, uno de barba oscura y otro de cabello canoso, se aproximan para besarse mientras se sostienen por los brazos.
Antes de tocarse, dos hombres ya negocian con la mirada quién se acerca, quién espera y quién decide no retroceder.

El macho no llora. No duda. No se somete. No abre las piernas. No admite que otro hombre pueda hacerlo temblar. Eso le enseñaron. Pero el cuerpo suele tener menos disciplina que la biografía.

La frase cambia de acento entre México, España, Argentina, Colombia, Chile, Brasil o Panamá, pero conserva una orden antigua: el hombre debe ocupar espacio y esconder la herida. Puede penetrar, mandar, proveer, decidir y defender. Lo que no puede es exhibir necesidad. Mucho menos permitir que esa necesidad tenga barba, olor a sudor y una erección dirigida hacia él.

No existe un machismo iberoamericano idéntico. En México la vigilancia puede organizarse alrededor de familia, reputación y papel de proveedor. En España pesan generaciones distintas: hombres educados bajo códigos más rígidos conviven con otros que aprendieron a nombrarse públicamente. En Argentina, Colombia, Chile, Brasil o Centroamérica cambian la clase, la raza, la religión, la historia política, el lenguaje y el margen de visibilidad. Lo común no es una personalidad nacional, sino la presión por demostrar que se es hombre ante otros hombres.

El deseo no desarma al macho

Desear a otro hombre no libera automáticamente a nadie del machismo.

El ejecutivo que dirige una empresa y abre una aplicación al terminar la junta puede buscar cuerpos con la misma lógica con la que negocia contratos: establece condiciones, oculta información y exige discreción. El agricultor acostumbrado a hablar mediante silencios puede encontrarse con otro hombre detrás de una bodega y volver a casa sin concederse una palabra para nombrarlo. El padre divorciado que entra por primera vez en un sauna puede sentirse más vulnerable al quitarse la ropa que cuando firmó su separación.

Ninguno deja su masculinidad en el guardarropa. Entra con ella al cuarto, al automóvil, al vapor o a la cama. Folla con ella. A veces la utiliza como armadura y otras descubre que también puede quitársela.

El deseo entre hombres complica el reparto porque no hay una mujer simbólica encargada de absorber la vulnerabilidad. Hay dos cuerpos masculinos negociando qué quieren hacer y qué desean que les hagan. Ahí comienza el morbo: no en desnudar al macho, sino en observar qué queda cuando otro hombre lo mira con hambre.

Dos hombres adultos desnudos se estimulan mutuamente sobre una cama.
El placer compartido no necesita repartir los papeles de vencedor y vencido.

El poder de arrodillarse

Durante décadas se identificó al hombre penetrado con la mujer, la debilidad o la derrota. El insulto no recaía solamente sobre quien tenía sexo con hombres, sino sobre quien supuestamente ocupaba la posición inferior. El penetrador podía conservar una parte de su prestigio; el penetrado cargaba con la vergüenza.

Esa jerarquía sigue viva en perfiles que anuncian “solo activo” como si se tratara de una categoría moral. Aparece en hombres que aceptan una boca alrededor del pene, pero consideran impensable besar al hombre que los complace. Pueden penetrar sin sentirse homosexuales mientras nadie toque su ano, su ternura o su identidad.

La realidad sexual arruina esas clasificaciones. Un hombre puede arrodillarse y conservar el control. Puede abrir las piernas sin entregar la voluntad. Puede pedir que lo penetren y dirigir cada movimiento. Quien sostiene las caderas no necesariamente posee el poder; quien recibe no necesariamente lo pierde. El placer circula, cambia de dueño, se negocia y a veces se disputa.

Una polla dentro del cuerpo no feminiza. Una boca alrededor de ella no degrada. El deseo de ser dominado durante una hora no vuelve débil a nadie fuera de esa habitación. Penetrar tampoco garantiza autoridad, valor ni hombría.

A veces el gesto más masculino no es mantenerse de pie, sino elegir ante quién arrodillarse.

La masculinidad que fabricamos los gays

La cultura gay presume haber escapado del mandato heterosexual mientras sigue adorando muchos de sus símbolos. Premia músculo, juventud, dinero, tamaño, voz grave y capacidad de aparentar indiferencia. Ridiculiza la pluma mientras erotiza al hombre que insiste en que “no parece gay”. Convierte al casado, al policía, al militar, al obrero, al camionero y al campesino en fantasías porque representan una masculinidad que todavía parece pertenecer al mundo heterosexual.

El discreto ocupa un altar curioso. Se desea su cuerpo, su silencio y hasta su incapacidad emocional. Cuanto más niega pertenecer, más excitante puede resultar. Queremos abrirle la camisa y comprobar que debajo de su representación pública existe un cuerpo que responde a otro hombre.

La fantasía tiene un precio: puede convertir el miedo en fetiche y el ocultamiento en virtud. Confunde violencia con firmeza, desprecio con virilidad y analfabetismo emocional con misterio. El hombre que no besa, no acaricia y no vuelve a llamar puede parecer intensamente masculino cuando quizá solo está aterrorizado.

Eso no elimina su atractivo. La honestidad consiste en admitir que el deseo tampoco elige siempre lo saludable. Podemos querer al hombre que entra, folla y se marcha sin fabricar una filosofía que justifique su cobardía.

El cuerpo después de los cuarenta

Con los años, la masculinidad cambia de territorio. A los veinte puede demostrarse mediante músculo, resistencia y conquista. Después aparecen la erección que exige tiempo, el abdomen que ya no obedece, la separación, los hijos adultos, la enfermedad o la primera muerte de un amigo.

El cuerpo maduro sabe que una erección no es un derecho, que penetrar no siempre será posible y que el deseo puede sobrevivir a la potencia. Aprende que una mano experimentada puede provocar más que una musculatura perfecta y que la paciencia puede ser obscena cuando se ejerce sobre el punto exacto.

Un pecho canoso, un vientre pesado, unas nalgas menos firmes o una polla que tarda en endurecerse no son ruinas. Son un cuerpo con historia. Para quien sabe mirarlo, esa historia tiene olor, textura y temperatura.

Hombre afrodescendiente de poco más de cincuenta años se arregla frente al espejo de un vestidor.
El cuerpo maduro también puede ser presencia, estilo y promesa.

Existe una sensualidad particular en ver a un hombre de sesenta desabrocharse lentamente. No intenta recuperar la juventud: deja caer la camisa, se quita el reloj, abre el cinturón y espera. En esa espera puede haber más poder que en muchas demostraciones juveniles.

Comparación entre los mandatos tradicionales de la masculinidad y las decisiones posibles sobre herida, poder y deseo.
La posición sexual no distribuye automáticamente el poder.

Menos simple

La pregunta “¿es macho el hombre gay?” nace de una trampa. Supone que la heterosexualidad es una prueba de masculinidad y que el deseo homosexual necesita defensa.

El hombre gay no tiene que demostrar que es tan hombre como el heterosexual. Puede trabajar en un despacho, conducir un tráiler, cultivar la tierra, escribir poemas, criar hijos o maquillarse. Puede penetrar, ser penetrado, intercambiar posiciones, mandar, servir, besar con ternura o follar con una fuerza que deje marcas acordadas sobre la piel.

El hombre más interesante no es quien conserva intactos los privilegios del macho heterosexual. Es quien puede entrar y salir de la armadura; quien no necesita humillar para sentirse fuerte; quien puede decir “quiero”, “más”, “así”, “detente” o “ahora yo” sin creer que cada palabra amenaza su identidad.

En el vapor, uno de los hombres continúa de rodillas. El otro le ofrece la mano. Se incorpora. Quedan frente a frente, excitados, respirando el mismo aire húmedo. Ninguno ha vencido. Ninguno ha sido convertido en mujer. Ninguno ha perdido su hombría entre la boca, la saliva y el deseo.

El código dice que el macho no llora, no duda y no se arrodilla. El hombre real desea, tiembla, cede, penetra, recibe y algunas veces se pone de rodillas porque allí también encuentra placer, dominio o descanso.

Después se levanta sin vergüenza.

Previous

El Hombre que Soy: Crónica de un Deseo Silencioso (IV)

Next

This is the most recent story.

Lee también