Dos hombres llevan semanas reconociéndose junto al muelle. La tormenta únicamente les quita el último pretexto.

Toño había empezado a ir al muelle porque a las cinco de la mañana nadie le preguntaba por qué estaba allí. Dejaba la camioneta frente a una bodega cerrada, bajaba con un termo de café y miraba el agua como si esperara el regreso de un barco. A los cuarenta y ocho años todavía cargaba costales en el puerto cuando faltaban manos, todavía podía levantar un motor pequeño entre dos hombres y todavía mentía con la serenidad de quien lleva media vida haciéndolo.

La primera vez vio al hombre de los lentes dentro de otra camioneta. La segunda lo encontró junto al muro, sosteniendo una caña sin carnada. La tercera, cuando sus miradas se cruzaron, ninguno fingió interés por el mar. No hablaron. A esa hora el silencio servía mejor que cualquier aplicación.

El cuarto jueves el cielo amaneció negro. Veracruz olía a sal, diésel y agua a punto de romperse. Toño estacionó a pocos metros del otro vehículo y esperó. El hombre de los lentes bajó, cerró la puerta y caminó hacia él con la camisa pegada a la espalda por la humedad.

—Va a caer fuerte —dijo.

—Siempre cae —respondió Toño.

Era una frase inútil, pero ya los había puesto frente a frente. El desconocido tendría cincuenta y dos años. Vientre ancho, bigote recortado, manos de oficina y una alianza que giraba con el pulgar. No era hermoso como los muchachos que aparecían en el teléfono de Toño. Era mejor: tenía el peso de un hombre que sabía exactamente cuánto arriesgaba.

Una ráfaga levantó arena y basura del muelle. Toño abrió la puerta de la camioneta.

—Súbase.

El otro obedeció. Quedaron encerrados en una cabina caliente, con el olor a café, sudor nocturno y vinilo viejo. La lluvia empezó de golpe. No una llovizna: una pared de agua que borró las bodegas y convirtió el parabrisas en una lámina opaca.

El primer trueno cayó sobre las grúas. El hombre de los lentes dejó la caña entre sus piernas y se quitó los anteojos. Al apoyar la mano en el asiento, rozó los nudillos de Toño. Ninguno la retiró.

—¿Esto es lo que venía a buscar? —preguntó Toño.

—Desde la primera semana.

Toño tomó aquella mano y la llevó a su muslo. El hombre respiró hondo antes de apretar. Subió despacio, tanteando la mezclilla hasta encontrar la dureza que Toño ya no podía esconder. La sostuvo por encima del pantalón, sin prisa, como si comprobara el peso de algo que había imaginado demasiadas noches.

—Dígame si no —murmuró.

Toño abrió la bragueta en respuesta.

La mano entró caliente y torpe. Le sacó la verga, gruesa, oscura, húmeda ya en la punta. El desconocido la miró con una concentración que hizo a Toño sentirse más desnudo de lo que estaba. Afuera el cielo volvió a encenderse. Adentro, el hombre se inclinó y pasó la lengua por el glande antes de metérselo en la boca.

Toño golpeó la nuca contra el vidrio. No era una mamada elegante. Los dientes rozaban algunas veces, los lentes se empañaban sobre el tablero y la palanca de velocidades les estorbaba. Precisamente por eso resultaba verdadera. El hombre tragaba, se ahogaba un poco, retrocedía y volvía con hambre. Toño le sostuvo la cabeza, primero para marcar el ritmo y después para no venirse demasiado pronto.

—Espere —dijo, apartándolo.

El desconocido levantó la cara. Tenía saliva en el bigote y una expresión que ya no pertenecía al contador, al marido o al hombre que fingía pescar. Toño lo besó. Le sorprendió el gusto de su propia verga en aquella boca. Le abrió la camisa y encontró un pecho blando, velludo, húmedo por el calor. Lo tocó sin corregir nada: ni el vientre, ni los pliegues de la cintura, ni la respiración entrecortada.

El otro se bajó el cierre. Su pene era más corto, grueso en la base, curvado hacia el abdomen. Toño lo tomó y sintió cómo endurecía un poco más dentro de su mano.

—También usted —dijo el hombre.

Toño se inclinó cuanto permitió la cabina. Lo chupó de lado, con una rodilla sobre el tapete y el hombro atorado bajo el volante. El desconocido le pasó los dedos por las canas de la barba y gimió sin disimulo. La lluvia se tragaba cualquier sonido.

Se acomodaron como pudieron. El hombre de los lentes quedó reclinado contra la puerta; Toño encima de él, las camisas abiertas, los pantalones a medio muslo. Juntaron las vergas entre ambos vientres. Toño las envolvió con una mano y el otro puso la suya encima. Cuatro dedos callosos, cuatro dedos suaves, dos pulsos golpeando dentro del mismo puño.

Frotaron despacio al principio. Después la cabina empezó a sacudirse. El vientre de uno resbalaba contra el del otro; el vello mojado se enredaba; la respiración condensaba los vidrios. El desconocido mordió el hombro de Toño para contener un gemido y Toño entendió que llevaba semanas deseando exactamente ese peso, no otro.

—Véngase —le dijo al oído—. Aquí.

El hombre se corrió primero. El semen salió entre sus dedos y manchó los dos abdómenes. Toño siguió moviendo la mano sobre ambos penes hasta que el olor, el calor pegajoso y la cara abierta del desconocido lo empujaron. Se vino sobre la camisa clara del otro, en chorros espesos que la tormenta iluminó por un segundo.

Manos de dos hombres maduros juntos y mojados dentro de una camioneta en el puerto.
La lluvia golpeaba el parabrisas; adentro ya no quedaba distancia suficiente para fingir.

Permanecieron juntos mientras la lluvia golpeaba el techo. No se abrazaron. Tampoco se separaron enseguida. El desconocido apoyó la frente en el pecho de Toño y recuperó el aire.

—¿Cómo se llama? —preguntó finalmente.

Toño pensó en su casa, en el desayuno servido a las siete, en los uniformes escolares que ya no existían porque sus hijos eran adultos, en la vida completa que podía caber dentro de una pregunta.

—Hoy no hace falta.

Se limpiaron con un trapo que Toño usaba para el aceite. El hombre volvió a su camioneta sin correr. Antes de arrancar dejó los lentes sobre el cofre, se secó la cara con la lluvia y miró hacia atrás.

A las siete y cuarto, la esposa de Toño le preguntó si había pescado algo.

—Nada —dijo él, sirviéndose café.

No sintió culpa ni revelación. Solo una quemadura leve en el hombro y el olor del otro todavía debajo de las uñas. El jueves siguiente no hubo tormenta. Toño llegó de todos modos una hora antes.

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