Playa del Carmen, noche de cumpleaños

Para cumplir 50, un hombre contrata una fantasía privada con tres bailarines. La noche no termina como había ensayado, y precisamente por eso le pertenece.

Cumplí cincuenta un jueves y llevaba seis meses anunciando que celebraría mi despedida. Mis amigos suponían que hablaba de una boda secreta. Yo alimenté la confusión porque resultaba más divertido que explicar la verdad: iba a despedirme de mis cuarenta, esa década en la que aprendí a decir «ya no estoy para eso» antes de averiguar si todavía lo deseaba.

La vida estaba en orden. Tenía trabajo, amigos, una libido bastante puntual y una relación cada vez más diplomática con el espejo. Quería una noche excesiva por el único motivo que nunca parece suficiente: me daba la gana.

Reservé una suite en Playa del Carmen y contraté, a través de una agencia, una coreografía privada para cuatro. La coordinadora describió el servicio con precisión: tres bailarines adultos, noventa minutos, vestuario progresivo, contacto limitado a lo acordado. Nada de invitados sorpresa. Nada de fotografías sin permiso. Cualquier cambio debía preguntarse.

Elegí a Yuniel, cubano de 31 años, piernas de bailarín y un tatuaje discreto junto a las costillas; a Rolando, dominicano de 35, alto, oscuro, con una sonrisa capaz de parecer insolente aun cuando estaba quieto; y a Manu, mexicano de 29, nadador antes que bailarín, hombros amplios y unos ojos verdes que en las fotos parecían un truco de iluminación.

Llegaron a las diez en punto. No irrumpieron como personajes de una fantasía barata. Saludaron, dejaron sus bolsas junto al clóset y repasaron conmigo los límites. Besos: sí. Torso desnudo: sí. Podían desvestirme: sí. Nada debía ocurrir porque ya estuviera pagado.

—¿Y cómo quieres que te llamemos? —preguntó Yuniel.

—Por mi nombre.

—Eso siempre es mejor que «señor».

Rolando sonrió.

—Aunque «señor» también puede tener lo suyo.

La música empezó baja, con un bajo que parecía subir desde el piso. Los tres vestían de negro, pero ninguno igual: Yuniel llevaba saco sin corbata; Rolando, una camisa translúcida sobre el pecho; Manu, una camiseta sin mangas que no disimulaba los hombros. Bailaron primero lejos de mí, construyendo una geometría de miradas, piernas y pausas. Yo había pagado para ver cuerpos; ellos hicieron que me sintiera observado.

Yuniel fue el primero en acercarse. Apoyó una mano en el respaldo de mi silla y giró la cadera a pocos centímetros de mi cara. Olía a jabón, no a perfume. Rolando se colocó detrás y rozó con los dedos la línea de mi mandíbula. Manu se arrodilló para desatarme los zapatos.

—¿Seguimos? —preguntó.

—Sigan.

Me quitaron el saco entre los tres. La camisa fue más lenta: un botón por turno, como si la prenda formara parte de la coreografía. Cuando quedó abierta, quise cerrarla por reflejo. Yuniel sujetó mi mano, no para impedírmelo, sino para esperar mi decisión.

La dejé caer.

Había imaginado que a los cincuenta necesitaría una luz indulgente. Sin embargo, bajo las lámparas de la suite aparecieron el vello gris, el abdomen suave y una cicatriz pequeña de apéndice que nunca recordaba hasta estar desnudo. Rolando recorrió la cicatriz con un dedo.

—Qué cuerpo tan vivido —dijo.

No era un elogio diseñado para hacerme joven. Por eso le creí.

La segunda canción fue más rápida. Yuniel se quitó el saco; Manu, la camiseta; Rolando abrió por completo la camisa. Bailaron descalzos alrededor de mí, torsos distintos bajo la misma luz: uno fibroso, otro ancho, otro largo y flexible. La perfección estaba en el movimiento, no en que se parecieran.

El espectáculo no lo dejó mirando desde fuera: lo convirtió en el centro.

Me pusieron de pie. Yo no bailo, o eso había sostenido durante años, pero Manu colocó mis manos sobre sus hombros y movió la cintura hasta que encontré el ritmo. Yuniel se pegó a mi espalda. Rolando me besó el cuello. El contacto era intenso sin fingir accidente: pecho contra espalda, respiraciones cerca, manos que preguntaban antes de bajar.

—Puedes tocarnos —dijo Yuniel.

Lo hice. Pasé las manos por su torso, por la cintura de Rolando, por el abdomen de Manu. Ellos respondieron quitándome la camisa. Quedé en pantalones, rodeado por tres hombres medio desnudos, y por primera vez no contraje el abdomen.

Manu me besó. No fue un trámite ni una escena de amor improvisada: fue un beso profesionalmente atento y corporalmente verdadero. Yuniel mordió apenas mi hombro. Rolando se arrodilló frente a mí y apoyó la mejilla en mi vientre. Mi erección se marcaba bajo el pantalón; ninguno la celebró como trofeo. Siguieron tratándome como si todo mi cuerpo mereciera participar.

Nos tocamos. No como una orgía que ya hubiera comenzado, sino como cuatro hombres tanteando hasta dónde podía llegar aquella noche. Hubo manos, vergas duras, respiraciones mezcladas. Durante unos segundos, la fantasía tuvo cuerpo.

Cuatro hombres adultos desnudos se tocan los genitales durante un encuentro íntimo.
Durante unos segundos, la fantasía tuvo cuerpo.

Yuniel buscó mis ojos antes de continuar.

—¿Quiere que sigamos?

Miré los tres cuerpos alrededor del mío. Podía decir que sí. Nadie me lo habría reprochado. Yo mismo había pagado para llegar hasta allí.

Precisamente por eso pude decir:

—No. Hasta aquí.

Yuniel dejó de tocarme. Los otros hicieron lo mismo. Nadie insistió. Nadie se rio. Y por primera vez desde que había muerto Fernando, una decisión sobre mi cuerpo no nació del miedo, la costumbre ni la tristeza.

—Hasta aquí —dije.

Yuniel me sostuvo la mirada un segundo.

—Hasta aquí está bien.

No hubo decepción teatral. Rolando subió la música y abrió una botella de agua. Manu buscó otra toalla y me secó el pecho. Terminamos la coreografía vestidos a medias, riéndonos cada vez que yo perdía el paso. Después pedimos comida: tacos de pescado para ellos, fruta y café para mí, como si el erotismo pudiera sentarse a la mesa sin exigir una consumación.

Cerca del amanecer salimos al balcón. Los cuatro llevábamos camisas de lino que ellos guardaban para volver a casa. El mar apenas empezaba a separar su gris del cielo. Rolando contó una historia desastrosa de un espectáculo en un crucero; Manu se burló de mis pasos; Yuniel levantó su vaso de agua.

Cuatro hombres adultos vestidos de lino contemplan juntos el amanecer desde un balcón en Playa del Carmen.
El amanecer no certificó una hazaña; sólo encontró a cuatro hombres cómodos con la noche que habían elegido.

—Por los cincuenta.

—Por no hacer todo lo que uno puede —dije.

—Y por hacer lo que sí quiere —añadió.

Cuando se fueron, la suite no parecía escenario de una hazaña. Había camisas sobre una silla, vasos húmedos y el olor mezclado de cuatro hombres que habían bailado durante horas. Me miré en el espejo sin meter la barriga. La erección había bajado; el deseo seguía allí, tranquilo, sin reclamar comprobantes.

La despedida no había sido de mi soltería ni de mis cuarenta. Había sido del hombre que pedía disculpas antes de quitarse la camisa.

Previous

Salir del clóset después de los 40: la vida que ya estaba allí

Next

This is the most recent story.

Lee también

La tercera vez