El deseo entre hombres más allá de la penetración
Los g0y hicieron del rechazo al sexo anal una identidad masculina y, con frecuencia, una doctrina contra lo gay y lo femenino. Años después, los sides recuperan el sexo sin penetración desde otro lugar: pueden asumirse homosexuales, disfrutar el cuerpo de otro hombre y negarse a organizar todo el placer alrededor de ser activo o pasivo.
En Grindr, debajo de la edad, la estatura y el tipo de cuerpo, hay una casilla que hace unos años no existía. La aplicación todavía permite declararse activo, pasivo o versátil, pero añadió una cuarta posición: side. Su propia guía la traduce sin rodeos como “sin penetración”.
Parece una modificación menor en una pantalla diseñada para resolver encuentros rápidos. No lo es. Durante décadas, dos hombres podían besarse, chuparse, masturbarse, frotar sus vergas entre los vientres y terminar cubiertos de semen sin que faltara sexo. Sin embargo, al contarlo aparecía una pregunta: “¿Y quién penetró a quién?”. Si la respuesta era “nadie”, la escena quedaba reducida a preliminares, juego o incapacidad.
El side ocupa el espacio que esa pregunta dejaba fuera.
La palabra no inventó el deseo. Le dio una casilla.
Antes del side estuvo el g0y
A comienzos de este siglo apareció en Estados Unidos y ganó especial visibilidad digital en Brasil una identidad escrita con un cero: g0y o gØy. Sus integrantes se describían como hombres atraídos afectiva y sexualmente por otros hombres, aunque rechazaban llamarse homosexuales o bisexuales.
El límite era el ano.
Podían abrazarse, besarse, masturbarse, practicar sexo oral y frotar sus cuerpos. Algunas formulaciones aceptaban incluso el anilingus. La penetración anal —recibida o realizada— quedaba prohibida porque, dentro de aquella filosofía, convertía el encuentro en “sexo gay”.

La frontera resultaba corporalmente absurda pero ideológicamente útil. Permitía que dos hombres llegaran juntos al orgasmo mientras protegían una identidad masculina construida contra la homosexualidad. El cero insertado en la palabra gay no era simple diseño: vaciaba la letra A y con ella pretendía borrar una pertenencia.
Los primeros estudios sobre el fenómeno encontraron algo más complejo que hombres a quienes no les gustaba el sexo anal. La llamada filosofía g0y vinculaba su repertorio erótico con atributos masculinos considerados superiores; rechazaba conductas y expresiones de género asociadas con lo femenino, desconfiaba de “salir del clóset” y se distanciaba de los movimientos de derechos sexuales. Algunas comunidades construyeron incluso una teología propia, apoyada en lecturas judeocristianas que declaraban legítimos ciertos vínculos homoeróticos siempre que conservaran aquella frontera.
Había deseo entre hombres, pero también una operación de limpieza: conservar el cuerpo masculino y expulsar lo gay.
Brasil fue decisivo en esa elaboración. Sitios, blogs, grupos y apariciones en televisión convirtieron el término en una propuesta de identidad durante las décadas de 2000 y 2010. La investigación publicada en esos años documenta la existencia del colectivo y sus discursos; no demuestra, sin embargo, que haya llegado a representar a una proporción importante de los hombres que tienen sexo con hombres.
Hoy gran parte de aquella infraestructura digital ha desaparecido o permanece como residuo. Eso impide hablar con seriedad de un movimiento g0y contemporáneo, organizado y en expansión. La preferencia sexual que pretendió monopolizar, en cambio, nunca se fue.
El sexo anal nunca fue todo el sexo gay
La imagen popular de la homosexualidad masculina ha quedado pegada a la penetración. También buena parte de la pornografía, las aplicaciones y el lenguaje del ligue ordenan a los hombres conforme a lo que hacen con el ano: activo, pasivo, versátil. La clasificación resulta práctica cuando alguien busca precisamente eso, pero termina funcionando como identidad completa.
La vida sexual es más amplia.
Un estudio publicado en The Journal of Sexual Medicine preguntó a 24,787 hombres gays y bisexuales de Estados Unidos qué habían hecho durante su encuentro sexual más reciente. Besarse en la boca fue la conducta más frecuente, seguida del sexo oral y la masturbación compartida. Solo 37.2 por ciento reportó penetración anal en aquella ocasión. La investigación data de 2011 y no debe trasladarse mecánicamente a México, Brasil o España, pero desmonta una equivalencia persistente: el sexo entre hombres no comienza ni se vuelve verdadero cuando entra un pene en un ano.
En una habitación, el repertorio puede incluir bocas, manos, juguetes externos, masaje, anilingus, pezones, axilas, pies, cuero, ropa interior, órdenes, inmovilización consentida, pornografía compartida o dos vergas apretadas entre vientres hasta que el ritmo se rompe. Puede ser lento, brutal, torpe, afectivo, anónimo o tan intenso como cualquier penetración. También puede resultar insatisfactorio. Ninguna práctica recibe calidad automática por excluir el ano.
El problema nunca fue penetrar. Fue convertir la penetración en examen de admisión.
Una palabra al costado

El psicoterapeuta y sexólogo estadounidense Joe Kort propuso el término side en 2013 para los hombres gays que no se reconocían como activos, pasivos ni versátiles porque no deseaban penetrar ni ser penetrados. La palabra circuló lentamente hasta entrar en medios, grupos digitales y perfiles. En 2022, Grindr la incorporó como una posición y hoy la define en su ayuda oficial como no penetration.
La expansión del término no permite calcular cuántos sides existen. Una opción dentro de una aplicación prueba visibilidad y utilidad comercial, no prevalencia. Sí revela que la vieja cuadrícula de tres posiciones ya no alcanzaba para describir a todos sus usuarios.
Un side puede disfrutar los besos, el sexo oral, el anilingus, la masturbación mutua, el frotamiento pene con pene, el contacto prolongado o distintas prácticas fetichistas que no impliquen penetración anal. Algunos excluyen el ano por completo; otros disfrutan que lo laman o estimulen externamente. Hay quienes nunca quieren penetración y quienes la aceptan de manera ocasional, con una pareja concreta o bajo determinadas condiciones. El término describe una preferencia, no un reglamento universal.
Tampoco es sinónimo de asexualidad, impotencia, trauma o miedo. Esas experiencias pueden influir en cualquier sexualidad, pero buscar una lesión secreta detrás de cada side repite el prejuicio que pretende corregirse: imaginar que un hombre sano y deseante necesariamente querrá penetrar o ser penetrado.
¿El side es la evolución del g0y?

La respuesta corta sería sí, pero resultaría imprecisa.
No existe una genealogía documentada que convierta a las organizaciones g0y en comunidades side. Las palabras surgieron en momentos y entornos distintos. Tampoco todos los hombres que practicaron sexo g0y se trasladaron a una identidad gay ni todos los sides conocen aquella filosofía.
Lo que evolucionó fue la conversación.
El g0y intentó resolver una contradicción masculina: desear a otro hombre sin perder la heterosexualidad simbólica. El side resuelve una carencia de vocabulario dentro de la propia cultura gay: reconocerse homosexual o bisexual sin aceptar que la penetración sea obligatoria.
La diferencia es decisiva. Un g0y podía chupar una verga y seguir sosteniendo que no era gay porque su ano permanecía fuera del encuentro. Un side puede chuparla sin presentar alegatos sobre su hombría, sin despreciar al pasivo y sin suponer que una expresión femenina contamina su deseo.
Eso no vuelve inocente al nuevo término. Las etiquetas sexuales siempre circulan entre jerarquías de cuerpo, edad, raza, clase y masculinidad. Un hombre puede llamarse side y conservar intacta la vieja obsesión por los “machos”, la discreción entendida como desprecio y la exclusión de los afeminados. También puede usarlo para evitar hablar de temor, dolor, disfunción eréctil o negociación con una pareja. Una palabra ofrece claridad; no garantiza lucidez.
Entonces, ¿sigue siendo ideológico?
Conviene separar tres niveles.
Como práctica, el sexo no penetrativo carece de ideología propia. Dos hombres pueden elegirlo por placer, comodidad, dolor, salud, curiosidad, edad, cansancio, oportunidad o simple preferencia. Incluso pueden hacerlo una noche y penetrarse la siguiente.
Como identidad, side organiza una experiencia y permite encontrar compañeros compatibles. Su función se parece a la de activo, pasivo o versátil, aunque cuestiona la estructura que esas tres palabras daban por completa.
Como gesto cultural, sí contiene una carga política, incluso cuando el hombre que lo utiliza no milita en nada. Se niega a medir el encuentro conforme a un guion penetrativo heredado de la heterosexualidad, donde uno ejecuta y otro recibe; uno conserva el prestigio masculino y el otro debe justificarlo.
Un pequeño estudio cualitativo publicado en 2023 documentó vergüenza, aislamiento y estigma entre hombres que se identifican como sides, tratados a veces como insuficientemente sexuales, gays o masculinos. Otra investigación, publicada en 2026 con quince hombres gays en China, encontró que side podía funcionar como estrategia de bienestar, autonomía corporal y resistencia frente a la jerarquía del “1/0” —activo/pasivo—, además de servir para negociar expectativas en las aplicaciones.
Las muestras son reducidas y sus resultados no describen a todos los sides del mundo. Aportan, sin embargo, una diferencia reveladora respecto del g0y: la vieja ideología defendía la masculinidad hegemónica; la nueva categoría puede interrumpirla.
Neutros, gouines, bators y hombres sin etiqueta

Side no es la única palabra alrededor de este territorio.
En conversaciones hispanohablantes aparece “neutro”, aunque su circulación es desigual y no existe información suficiente para afirmar que sea una identidad extendida en toda Iberoamérica. En Brasil se ha utilizado gouine para algunos hombres y gouinage para el sexo sin penetración. El préstamo proviene del francés y arrastra una historia vinculada con las lesbianas, por lo que su uso también merece contexto.
Frot o frottage nombra el frotamiento corporal y, entre hombres, con frecuencia el contacto pene con pene. Es una práctica, no necesariamente una identidad.
Bator, derivado de masturbator, se usa en comunidades de hombres para quienes la masturbación —solos, observados, en pareja o en grupo— ocupa el centro de la sexualidad. Algunos son sides; otros también practican penetración. Confundirlos empobrece justamente el matiz que estas palabras intentan construir.
Y muchos hombres no necesitan ninguna categoría. Dicen “no me gusta el anal”, “solo oral”, “sin penetración” o lo negocian cuando ya están desnudos. La etiqueta se vuelve útil cuando evita malentendidos; se vuelve jaula cuando exige obediencia.
Menor riesgo no significa riesgo cero
La filosofía g0y presentó en ocasiones el sexo anal como una práctica sucia, violenta o enfermiza. Esa retórica debe abandonarse.
La penetración anal sin medidas preventivas puede transmitir VIH y otras infecciones; el riesgo cambia según la práctica, el papel, la exposición, el uso de preservativo o PrEP y la carga viral de una persona con VIH. El sexo oral implica un riesgo muy bajo o prácticamente nulo para el VIH, pero puede transmitir gonorrea, sífilis, herpes, VPH y otras infecciones. El contacto estrecho de piel también permite la transmisión de herpes o mpox.
Elegir prácticas sin penetración puede reducir determinados riesgos, pero no vuelve puro a nadie. Las pruebas periódicas, las vacunas indicadas, las barreras cuando se deseen y una conversación concreta sobre salud siguen teniendo sentido.
El ano tampoco es un órgano ajeno a la sexualidad ni una frontera moral. Puede recibir placer, dolor o indiferencia. Merece cuidado, lubricación y consentimiento cuando participa; merece quedar fuera cuando alguien no lo desea.
Lo que queda después del cero
El g0y reveló una experiencia real y la encerró en una explicación temerosa: dos hombres podían desearse siempre que ninguno pareciera demasiado gay. Su historia importa porque muestra hasta dónde puede llegar la masculinidad para conservar su nombre mientras otro hombre gime debajo de sus manos.
El side conserva el hallazgo corporal y cambia la dirección. Ya no necesita defender la heterosexualidad de nadie. Permite que el sexo se expanda hacia la boca, el pecho, el olor, las manos, el peso de los muslos y el semen enfriándose sobre la piel sin tratar esas experiencias como antesala de un acto verdadero.
Quizá el matiz más importante de la sexualidad homosexual contemporánea no sea una cuarta casilla en una aplicación. Es la posibilidad de que dos hombres decidan qué significa terminar.
La penetración puede ser extraordinaria. Su ausencia también.
Publicado originalmente en septiembre de 2017. Reescrito, ampliado y verificado por El Cuarto Oscuro en julio de 2026.

















