Activos, pasivos y machismo interiorizado en el mundo gay iberoamericano

De México a España, de Colombia a Argentina y de Chile a Brasil, penetrar todavía puede interpretarse como una prueba de hombría. Pero un pene dentro de otro hombre no decide quién manda, quién se entrega ni quién vale más.

En un hotel de paso de una ciudad mexicana que no necesita nombre, dos hombres entran en una habitación. Podría ocurrir junto a un corredor industrial del Bajío, en una capital del norte, en una localidad de Michoacán, en el sureste o cerca de una carretera costera.

Uno pasa de los cincuenta. Está casado, tiene hijos adultos y lleva media vida acostándose clandestinamente con varones. Antes de quitarse la camisa establece sus condiciones:

—Soy activo. No beso. No mamo. No me toques el culo.

Lo dice como si protegiera una frontera.

El otro hombre, algunos años menor, siente una erección al escucharlo. Le gustan así: maduros, secos, aparentemente impenetrables. Le excita obedecerlos, sentir su peso y dejar que durante unas horas representen al macho que fuera de la habitación ninguno se atrevería a examinar demasiado.

Hasta ahí puede haber una negociación perfectamente legítima entre adultos.

La pregunta empieza después: ¿el primero está describiendo lo que disfruta o intentando demostrar que, aunque folla con hombres, todavía ocupa el lugar superior? ¿El segundo desea entregarse o ha aprendido que recibir implica valer menos?

La cama no responde por ellos.

Un hombre puede meter la verga y necesitar aprobación. Otro puede abrirse, decidir el ritmo, establecer los límites y ordenar cuándo continuar. La anatomía describe lo que ocurre con los cuerpos; no explica automáticamente quién posee el poder.

La verga no reparte la autoridad.

Un código que cambia de acento

El conflicto no es exclusivamente mexicano.

En España circulan top, bottom y versátil junto a activo y pasivo. En Argentina, Colombia, Chile o Panamá cambian el vocabulario, las maneras de insinuarlo y el grado de discreción. En Brasil se habla de ativo, passivo y versátil. En cualquier aplicación iberoamericana aparecen perfiles que exigen hombres “masculinos”, “sin pluma”, “discretos” o “que no parezcan gays”.

No significa lo mismo en Madrid que en Medellín, en Buenos Aires que en Monterrey, en São Paulo que en una pequeña ciudad de Michoacán. La visibilidad pública, la clase social, el color de piel, la edad, la religión y la independencia económica modifican el precio de romper el papel masculino.

México tampoco posee un solo código. La masculinidad de un profesionista regiomontano, un comerciante del Bajío, un trabajador de la costa, un agricultor michoacano, un universitario tapatío o un hombre casado de una localidad pequeña no se vigila de la misma manera. En algunos espacios pesa la empresa; en otros, la familia, el apellido, la religión, el oficio o la imposibilidad de pasar inadvertido.

Lo que comparten no es una esencia nacional, sino una tentación antigua: imaginar que quien penetra conserva el lugar superior.

En Brasil, investigaciones sobre prácticas sexuales entre varones han documentado cómo algunos hombres se identifican como “activos”, “cien por ciento activos” o simplemente “hombres”, mientras reservan el estigma homosexual para quien recibe. No es una rareza brasileña. Es una versión especialmente visible de un reparto que atraviesa buena parte de Iberoamérica.

España posee una vida gay pública más consolidada que muchos territorios latinoamericanos, pero la visibilidad no desactiva por sí sola el culto al hombre duro, musculoso, dominante y aparentemente heterosexual. Argentina puede exhibir una conversación sexual más abierta y conservar jerarquías entre el varón masculino deseable y el gay cuya feminidad se vuelve motivo de burla. Colombia, Chile o Panamá no repiten exactamente el machismo mexicano, pero tampoco están libres del hombre que necesita aclarar que él “no es de ésos”.

El acento cambia. La frontera permanece.

“Soy activo” puede significar muchas cosas

Ser activo puede ser una preferencia física perfectamente legítima.

Algunos hombres disfrutan penetrar y no sienten interés por recibir. Otros lo prefieren porque conocen bien esa posición, porque les resulta más cómoda o porque así responde su cuerpo. Nadie tiene que hacerse versátil para demostrar que está sexualmente liberado.

Pero “soy activo” también puede funcionar como coartada masculina.

El hombre puede acostarse durante décadas con otros varones y seguir creyendo que su posición lo mantiene fuera de la homosexualidad. Puede tocar, penetrar y correrse con otro hombre, pero negarse a besarlo porque el beso convertiría el intercambio en intimidad. Puede aceptar una boca alrededor de su pene y sentir pánico ante la posibilidad de acercar la propia.

No está defendiendo únicamente una práctica. Está protegiendo una identidad.

Hombre mexicano maduro se observa en el espejo mientras termina de vestirse en un hotel.
La masculinidad también se ensaya frente al espejo antes de volver a la calle.

Estudios sobre hombres gays han encontrado que las categorías activo, pasivo y versátil suelen estar atravesadas por ideas de masculinidad, control y género. También muestran que la conducta real resulta más variable que las etiquetas: un hombre puede identificarse rígidamente con una posición mientras sus deseos, fantasías o encuentros contradicen esa definición.

Un activo no es una personalidad. Un pasivo tampoco.

El desprecio entra antes que el pene

El machismo interiorizado no consiste en disfrutar la masculinidad.

No está en excitarse con una espalda ancha, una barba canosa, unas manos fuertes, una voz grave o un hombre que sabe dar órdenes. Tampoco en desear que otro cuerpo domine el encuentro.

Aparece cuando lo masculino sólo puede sostenerse despreciando aquello que se considera femenino.

El perfil que dice “masculinos únicamente”, “nada de locas” o “que no se te note” puede estar expresando una preferencia. También puede estar trazando una frontera: desea hombres, pero rechaza cualquier signo que le recuerde que ese deseo lo coloca fuera del modelo heterosexual.

Quiere el cuerpo masculino sin aceptar completamente el mundo homosexual que lo vuelve posible.

Una investigación con hombres homosexuales en San Cristóbal de las Casas encontró que las relaciones entre varones pueden reproducir jerarquías heteronormativas: hombres que se consideran más machos, masculinos y activos ejercen rechazo hacia pasivos, afeminados y personas trans. El hallazgo no convierte a todos los activos en machistas. Confirma algo menos cómodo: acostarse con hombres no vacuna contra el desprecio aprendido.

En Brasil, estudios sobre usuarios de aplicaciones describen perfiles que se proclaman “machos”, discretos y contrarios a los afeminados. La masculinidad se vuelve una mercancía sexual y, al mismo tiempo, una forma de violencia simbólica.

El machismo no desaparece al cruzar la puerta de un bar gay. A veces llega primero, paga la habitación y decide qué parte del cuerpo del otro merece respeto.

El pasivo que manda

Una fantasía particularmente cómoda imagina al activo como sujeto y al pasivo como superficie.

La realidad sexual suele ser mucho más interesante.

Un pasivo puede controlar el encuentro con la manera en que mira, se coloca, aprieta, pide, detiene o exige más. Puede elegir al hombre, imponer protección, decidir la profundidad, cambiar el ritmo y levantarse cuando deja de disfrutarlo.

Recibir no equivale a permanecer inmóvil ni a entregar la voluntad.

El activo puede penetrar y estar siguiendo cada movimiento del hombre que tiene debajo. Puede esperar una palabra, una contracción o una mano que lo acerque. Puede parecer dominante mientras necesita que el otro confirme constantemente que todavía lo desea.

Un hombre también puede arrodillarse para mamar una verga y seguir dirigiendo toda la escena. La altura de la cabeza no establece la jerarquía.

La posición sexual es una coreografía corporal. El poder se negocia de otras maneras.

Comparación editorial entre preferencia sexual, poder y consentimiento entre hombres.
Activo, pasivo o versátil describen posibilidades de placer; no establecen una jerarquía personal.

Cuando al pasivo le gustan los machos

No hay que higienizar el deseo hasta volverlo políticamente correcto.

A muchos pasivos les excitan los activos dominantes: hombres que toman la iniciativa, hablan poco, conservan parte de la ropa o parecen disponer de la habitación. Otros fantasean con ser utilizados, inmovilizados, insultados o abiertos por un varón que representa una autoridad sexual absoluta.

Eso no significa necesariamente que se desprecien.

Una fantasía de sometimiento puede ser intensamente erótica cuando el hombre que la vive eligió la escena, conoce sus límites y conserva la posibilidad de terminarla. La excitación no siempre quiere igualdad visible. A veces quiere peso, fuerza, órdenes y una desigualdad representada durante unas horas.

El problema comienza cuando la representación se convierte en trato.

Cuando el dominante supone que el pasivo está disponible fuera del acuerdo. Cuando lo busca para correrse, pero después lo trata como un cuerpo inferior. Cuando disfruta su entrega y, al vestirse, vuelve a llamar débiles, femeninos o “menos hombres” a quienes reciben.

Un pasivo puede desear a un macho sin autorizarlo a despreciarlo.

No besar también puede ser una frontera

“No beso” puede ser un límite sexual. Nadie está obligado a besar.

Pero en ciertos hombres funciona como la última defensa de una heterosexualidad imaginaria. Pueden penetrar a otro varón, sentir sus piernas alrededor de la cintura y llegar al orgasmo con él; lo que no toleran es unir la boca porque el beso les parece demasiado íntimo, demasiado recíproco o demasiado homosexual.

Algo semejante ocurre con el sexo oral.

No querer mamar es una preferencia. Considerar degradante hacerlo porque “eso es de pasivos” revela otra cosa: la boca no se rechaza por falta de placer, sino por miedo a ocupar el lugar que el código masculino considera inferior.

La conducta exterior puede ser idéntica. Lo que cambia es el significado y la manera en que se trata al otro.

La pornografía distribuye personajes

Buena parte del sexo entre hombres se aprende mirando.

La pornografía iberoamericana y la importada ofrecen técnicas, cuerpos y fantasías, pero también distribuyen papeles: el activo impasible, el pasivo insaciable, el joven disponible, el maduro poderoso, el supuesto heterosexual que sólo necesita un agujero y el hombre receptivo que parece existir para recibir.

Un análisis de 220 videos sexuales entre hombres encontró que activos y pasivos mostraban cantidades semejantes de conductas íntimas, aunque algunas formas de agresión y comportamiento variaban según el papel representado. La pornografía no inventa las jerarquías, pero puede convertirlas en una coreografía reconocible y excitante.

El problema no es excitarse con una escena desigual. El deseo no tiene obligación de funcionar como programa educativo.

El problema es confundir la escena con una ley natural.

Golpear no demuestra hombría

Una bofetada, un tirón de cabello, una orden o una palabra degradante pueden formar parte de una práctica sexual acordada.

La intensidad no cancela por sí misma el consentimiento. Dos adultos pueden elegir una escena ruda y disfrutar precisamente la representación de una desigualdad que fuera de ese espacio no existe.

Pero el silencio no autoriza.

Que un hombre sea pasivo, sumiso o disfrute la rudeza no significa que haya consentido cualquier golpe, insulto o práctica. Aceptar una penetración no equivale a entregar todo el cuerpo. Haber disfrutado algo una vez tampoco obliga a repetirlo.

La dominación erótica necesita acuerdos. La violencia prescinde de ellos.

Una investigación reciente con participantes de México y Colombia encontró asociaciones entre discriminación, heterosexismo interiorizado y riesgo de violencia en parejas de la diversidad sexual. Los propios autores advierten que su muestra no representa a toda la población, pero el hallazgo desmonta una comodidad: ser víctima de la heteronorma no impide reproducir control, coerción o violencia en una relación homosexual.

La distinción vale en México, España, Argentina, Colombia, Chile, Brasil o cualquier otro punto de Iberoamérica: no toda práctica ruda es violencia y no toda violencia deja de serlo porque produjo una erección.

Los hombres que aprendieron a no recibir

La división pesa especialmente sobre muchos hombres mayores de cuarenta años.

Crecieron cuando ser activo podía permitirles conservar una identidad heterosexual, casarse, tener hijos y buscar cuerpos masculinos sin pronunciar la palabra homosexual. Ser penetrado implicaba cruzar una frontera que no estaban preparados para reconocer.

Algunos llegan a los cincuenta, sesenta o setenta con esa estructura todavía instalada. Desean profundamente a otros hombres, pero sienten terror ante la posibilidad de arrodillarse, besar un pene o permitir que alguien toque su culo.

No siempre es falta de deseo. A veces es miedo biográfico.

Cuando finalmente prueban, no tiene que ocurrir una revelación. Algunos encuentran un placer que habían postergado durante décadas. Otros confirman que prefieren penetrar. Ambos resultados son legítimos.

La libertad no consiste en obligar al activo a ser versátil.

Consiste en que pueda elegir sin necesitar degradar la elección ajena.

Dos hombres adultos comparten la en un actividad sexual consensuada.
Cuando termina la escena, ninguno debería quedar reducido al papel que ocupó en la cama.

La pregunta que queda en la cama

¿Puede un hombre gay ser machista? Por supuesto.

Puede utilizar dinero, edad, cuerpo, posición sexual, masculinidad o visibilidad para establecer una jerarquía. Puede exigir silencio mientras expone al otro. Puede llamar maricón al hombre cuya boca busca todas las semanas. Puede penetrar para demostrar algo que nadie le pidió demostrar.

También puede ser intensamente masculino, activo y dominante sin menospreciar a nadie.

Puede saber lo que quiere, escuchar los límites del otro y comprender que la entrega recibida no es inferioridad: es confianza.

Al final, la pregunta no es quién penetró a quién.

Es quién pudo hablar. Quién pudo pedir más. Quién pudo decir basta. Quién salió de la habitación todavía reconocido como persona y no únicamente como un cuerpo utilizado para confirmar la hombría del otro.

Porque penetrar no convierte automáticamente a un hombre en macho.

Y abrirse para recibir tampoco se la quita.

Nota:

El artículo es un ensayo editorial apoyado en investigaciones cualitativas, análisis de contenido y encuestas no necesariamente representativas. Las fuentes documentan patrones, discursos y asociaciones; no autorizan a diagnosticar a una persona por ser activa, pasiva, versátil, masculina, afeminada, dominante o sumisa. Las escenas de apertura son composiciones literarias y no testimonios identificables.

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