Había regresado después de casi dos años fuera del país. Mi familia vive en provincia, así que uno de mis mejores amigos me esperó en el aeropuerto de la Ciudad de México, en una mañana clara que olía a libertad. Sentí algo que no había experimentado en mucho tiempo: estar en casa. Comimos bien, conversamos sin prisa, me di un baño reparador, y esa noche nos reunimos con más amigos. Antojitos, tequila, música con sabor a México. Todo lo que había extrañado.
Me recibieron con el cariño de quienes no te ven en tiempo. —¡Qué alto estás! ¿Creciste? —¡Y qué delgado! Se nota que hacías ejercicio—.
Tengo 1.90, y la verdad es que esos meses de comida sana y ejercicio me habían dejado en buena forma: atlético, estilizado. Además, el bronceado resaltaba mis ojos marrones y mi pelo corto color caoba. No soy de los que se miran al espejo con seguridad —de hecho soy tímido en eso—, pero esa noche me sentía bien. Completo. Grande, incluso.
Alguien propuso ir al antro gay de moda, el de la gente atractiva. Nadie se negó. El lugar era impresionante: un largo pasillo iluminado por antorchas que desembocaba en un salón en penumbras, alumbrado solo por velas gigantescas y juegos de luces que bailaban al ritmo. En pedestales elevados, cuerpos esculturales semidesnudos. A la derecha, una barra inmensa; al fondo, un escenario donde bailarines improvisaban coreografías. Gente de todo tipo, mezclada, cosmopolita.
Había muchos hombres guapos, pero yo no iba con intenciones. Solo quería estar con mis amigos. Logré abrirme paso hasta la barra, y fue ahí cuando lo vi: una aparición. Estaba solo, sereno, observando todo con una calma que parecía indiferencia. Tenía mi estatura, unos treinta y cinco años, jeans ajustados y una playera blanca que delineaba un cuerpo firme y ejercitado. Piel clara, pelo castaño claro, ojos verdes de una profundidad que me detuvo en seco. Y esa boca, carnosa, de expresión franca. No puedo explicarlo de otra forma: me desarmó.
Me quedé estático, mirándolo. Vi cómo varios se le acercaron con intenciones obvias y él los rechazó con frialdad. Eso me intimidó: yo estoy acostumbrado a que me busquen, no a hacer yo el acercamiento. Pero algo me empujaba hacia él. Algo que no podía ignorar.
Me decidí. Pasé cerca fingiendo que iba a otro lado. Cruzamos miradas, pero me ignoró por completo. Sentí que el corazón se me iba a salir. —¿Qué haré? —pensé—. ¿Qué haré?—.
Entonces me armé de valor. —Hola —le dije, nerviosísimo. Él volteó, me miró y respondió con un —Buenas noches— seco, distante. Seguí intentando, preguntándole cosas, y me respondía con monosílabos. Hasta que solté lo que sentía: —Me gustas mucho, pero no sé qué más decirte. No sé si te agrada mi compañía. No me respondas… ahora voy al baño. Si cuando regrese te encuentro aquí, significará que estás a gusto conmigo. Si no, será obvio que no hay nada que hacer—.
Asintió. Me fui convencido de que no estaría.
Pero cuando regresé, no estaba. Me disponía a irme cuando sentí unos golpecitos en la espalda. Era él. —Perdona —me dijo—, fui por algo de tomar y me distraje. Qué bueno que te vi antes de que te fueras—.
No sabes el alivio que sentí.
—Soy Jorge —le dije. —Edgar —respondió—. ¿Quieres conocer a mis amigos? —No, aquí estoy bien—. ¿Bailamos? —No. Aquí estoy bien—. ¿Algo de tomar? —No, así estoy bien—.
Como él no hablaba, fui yo quien le contó mis peripecias. De vez en cuando me interrumpía con preguntas u observaciones, hasta que ya no supe qué más decir. —Bueno, ¿y a qué te dedicas? —pregunté.
Sonrió por primera vez, mostrando una dentadura perfecta, y fue como si la habitación hubiera cambiado de temperatura. —Tú no quieres saber a qué me dedico—.
Me desconcertó e intrigó. —¿Te gustaría ir a un sitio más cómodo, Edgar? —Le parece bien. Vamos—.
No entendía nada. Rechazaba todo pero venía conmigo. Me despedí de mis amigos y nos fuimos.
En el taxi tomó mi mano y la puso sobre su muslo, pasando su brazo sobre mis hombros. El taxista hablaba de la inseguridad en la ciudad y yo no podía concentrarme; pensaba en lo poco que sabía de él. Empecé a acariciarle la pierna, subiendo poco a poco, hasta su entrepierna, donde encontré un bulto que se endureció al instante. Estaba erecto, firme, caliente. Edgar me miró y guiñó un ojo mientras acariciaba mi mano.
Llegamos a casa. Prendí la luz y le ofrecí de todo: bebida, música, quedarnos en la sala. Todo era —No, gracias. Así estoy bien—, —Como quieras—, —Como quieras—.
Decidí llevarlo a la recámara. Luz tenue, nos sentamos en la cama. —Ayúdame —le dije—. Quiero que estés a gusto, pero no sé cómo lograrlo. Me desconciertas y me excitas a la vez—.
Entonces me empujó contra la cama y se montó encima. Empezamos a besarnos con furia, a rodar sobre el colchón. Sentí su erección dura contra la mía, insistente. Sus manos recorrían mi cuerpo con urgencia, explorando. Yo ya estaba al límite, sobrepasado por todo.
—¿Te llamas Jorge realmente o mientes como todos? —preguntó de pronto. —Yo no miento. Me llamo Jorge—. —Jorge, Jorge, Jorge—, repitió al oído, en un murmullo que me recorrió la espalda—. Eres mío esta noche—.
Casi pierdo el control con esas palabras solas.
Nos desvestimos lentamente, descubriendo cada centímetro de piel. Su torso estaba cubierto por un vello fino, del color de su cabello, suave al tacto, que se erizaba al contacto. Mientras yo le mordisqueaba los pezones, él desabrochó mi camisa y descendió por mi cuello hasta los míos, provocando choques eléctricos, escalofríos que no había sentido antes.
Cuando me quitó los pantalones, me empujó contra la pared. Me tuvo ahí, aprisionado, besándome la nuca, frotándose contra mí. Me giré, lo besé con todo lo que tenía, y descendí por su torso hasta liberarlo de sus jeans.
Lo vi por primera vez: imponente, grueso, completamente erecto, recto, venoso, con una gota de lubricante en la punta que resbalaba lentamente. Tomé todo entre mis manos, pero él me detuvo. —No… todavía no, Jorge—.
Me llevó de vuelto a la cama, donde quedamos completamente desnudos. Él se recostó boca arriba y recorrí su cuerpo con la lengua: cuello, pecho, ombligo, pubis. Evité deliberadamente su sexo hasta que él guió mi cabeza hacia allí. Cuando lo tomé en mi boca, soltó un gemido de placer que me hizo estremecer. —¡Sí, Jorge, sí!—.
Después me jaló hacia él para besarme. —¿Qué quieres hacer? —preguntó, mientras su mano encontraba mi erección, dura y ansiosa—. —Lo que tú quieras. Tú mandas, Edgar—.
Entonces dijo: —**Quiero sentirte. Abrete para mí**—.
Nos acomodamos. Sentí sus dedos primero, preparándome con paciencia y caricias. Luego él. Dolió al principio, no voy a decir lo contrario. Pero luego se transformó en otra cosa, en un placer profundo, casi doloroso en su intensidad, un cosquilleo que crecía.
—¿Estás bien? ¿Sigo? —preguntó. —Sigue—, respondí.
Empezó a moverse lento, luego con más fuerza, más ritmo. Sus jadeos en mi oído, su aliento, su sudor cayendo sobre mí, eran tan excitantes como enloquecedores. —¡Me voy a venir! —anuncié, pero él no se detuvo. Siguió, y sentí cómo mi cuerpo se contraía, cómo explotaba al eyacular, y en ese mismo instante él también llegó al clímax. Lo sentí palpitar dentro de mí, llenándome.
Permanecemos abrazados mucho tiempo, hasta que su sexo se deslizó fuera de mí. Retiré el condón, lo anudé, lo dejé en el buró. Nos duchamos juntos, enjabonándonos, besándonos bajo el agua caliente.
De regreso, preguntó si podía quedarse. Solo lo abracé, lo acosté, empecé a besarlo, pero me detuvo. —Me tengo que levantar temprano—, dijo. Pero se quedó abrazado a mí, puso su mano sobre mi erección que ya se recuperaba, apoyó su cabeza en mi pecho y se durmió. Yo no quería moverme nunca; deseaba detener el tiempo.

Cuando estuvo profundamente dormido, revisé sus jeans por curiosidad. Encontré una placa metálica: águila mexicana, su nombre completo, un rango militar, «Adscrito al Estado Mayor Presidencial». Era guardia del presidente. Entonces entendí su silencio, su reserva, su parquedad. Y debo confesar que eso me excitó aún más. Devolví todo a su lugar y me acosté a su lado. Él, dormido, me abrazó de nuevo.
Al amanecer se despertó. —Me tengo que ir—, dijo. Nos duchamos juntos otra vez. Bajo el agua caliente lo abracé por detrás, empecé a enjabonarlo, y mi erección se posicionó entre sus nalgas. —Cójeme—, pidió. Y obedecí. Esta vez fui yo quien lo penetró, lento, rítmicamente, hasta que ambos llegamos al clímax otra vez.
Mientras nos vestíamos, le pregunté si quería repetir, extendiéndole una nota con mis datos. —Claro que sí—, dijo—, yo te encontraré cuando haya oportunidad—. No tomó el papel.
Lo acompañé al elevador. En la puerta dijo: —No es necesario que salgas. ¡Yo sabré encontrarte! ¡Buen día!—. Cruzó la verja, se volvió, sonrió, me guiñó un ojo y se fue.
Nadie lo vio llegar ni irse. Solo quedaron los condones usados en la mesa, y la certeza de que algo había pasado que no volvería a repetirse.
A la semana siguiente me mudé por trabajo. Nunca lo volví a ver.



















