Capítulo 3 – Medellín
El espejo oscuro
Salí de Madrid con el sabor de Mateo en la boca. Con el olor de sus sábanas en mi piel. Con el cuerpo aprendiendo lo que podía sentir.
Pero todavía no sabía que el deseo también duele. Que a veces no es liberación… sino castigo.
Volví a Medellín por trabajo. Mismo proyecto, misma terraza. Pero esta vez, yo no iba solo a revisar planos.
Buscaba algo más. Alguien que me hiciera sentir vivo. O al menos, real.
Llegué a Medellín bajo una lluvia fina que caía sobre las montañas como si el cielo mismo estuviera sudando.
Fui a Parque Lleras. No al bar turístico lleno de extranjeros, sino a uno más oscuro, al fondo, donde los hombres hablan bajito y miran con los ojos entrecerrados.
Pedí una cerveza. No pedí compañía. Pero ella llegó igual.
Andrés. Tipo moreno, camisa negra abierta hasta el tercer botón, pantalón ajustado, botas militares. Barba cerrada, pelo corto, cicatriz en el cuello. No sonríe. Me mide.
—¿Mexicano? —pregunta, con acento paisa.
—Sí —digo.
—¿Aquí por trabajo?
—Sí.
—¿Y por placer? —me mira de arriba abajo—. ¿O viene a que lo caguen, rico?
La palabra «rico» aquí no es cumplido. Es acusación. Clase social. Privilegio.
—No sé —digo.
—Sí sabe —dice Andrés, y termina su cerveza de un trago—. Vamos. Que no me gusta perder el tiempo.
Su apartamento está en Manrique. Sin ascensor. Subimos cinco pisos. Huele a humedad, a jabón de limpieza, a vida dura.
Dentro: una cama, un televisor viejo, botes de cloro en la entrada. No hay fotos. No hay adornos.
Andrés cierra la puerta. Me empuja contra la pared. Fuerte.
—Aquí no hay juegos —dice—. No soy su amiguito romántico. ¿Entendido?
Asiento.
—Dígalo —ordena—. Dígame que entendió.
—Entendí.
Me da vuelta. Me baja los pantalones de un jalón brusco. Los calzoncillos. Estoy expuesto, vulnerable, con la cara contra la pared fría.
Andrés no se desviste completamente. Se baja solo los pantalones suficiente para sacar su verga. La siento contra mi nalga: gruesa, venosa, caliente, olor a testosterona pura.
—Mire esto —dice, y me agarra del cabello, obligándome a mirar—. Mire lo que le voy a meter.
Su verga es imponente. Más oscura que el resto de su piel, curvada, la punta brillante. Se la está tocando con una mano, acercándola.
—Sin preparación —advierte—. Sin besitos. Así es como lo hacemos aquí, rico. Sin mierdas.
Escupe en su mano. Eso es todo el lubricante.
Entra de un empujón.
Grito. Es dolor agudo, quemante, desgarro. Me clavo las uñas en la pared. Él se queda quieto, completamente adentro, y se ríe, bajito.
—¿Le duele? —pregunta.
—Sí —jadeo.
—Perfecto —dice—. Así se siente cuando no es el dueño de nada.
Empieza a moverse. Rápido. Duro. Sin ritmo, sin técnica, solo fuerza. Cada embate me golpea la próstata con violencia, y es dolor, pero también… también hay algo más. Estoy duro. Mi verga palpante, contra la pared, dejando rastro de presemen.
—Mire —dice Andrés, agarrándome de la cintura—. Está duro. Le gusta. A los ricos como usted les gusta que los traten así.
Me penetra más fuerte. Habla al oído:
—¿Sabe qué es esto? Esto es lo que usted quiere. Lo que no se atreve a pedirle a su esposa. Quiere ser usado. Quiere ser mierda. ¿Verdad?
No respondo. No puedo.
—Dígalo —ordena, y me da una nalgada fuerte—. Dígame que quiere ser mi puta.
—Sí —jadeo.
—Otra vez.
—Sí. Soy su… soy su puta.
Andrés ríe. Un sonido sin alegría.
—Eso. Ahora sí me entiende, rico.
El ritmo se vuelve frenético. Me agarra del cabello, obligándome a arquear la espalda. Me penetra desde ángulos diferentes, buscando, encontrando puntos que duelen y excitan al mismo tiempo.
—Voy a venirme —dice—. Y usted me va a pagar antes. Así funciona esto.
Me empuja hacia la cama. Busco mi cartera con manos temblorosas. Saco los billetes. Doscientos mil pesos. Los cuenta delante de mí, mientras todavía está dentro, moviéndose lento.
—Gracias —dice, irónico—. Por su generosidad.
Se corre dentro. Lo siento: caliente, líquido, invasivo, sin condón. Se queda quieto un momento, respirando fuerte. Luego se sale de un jalón. El vacío me duele.
Se limpia con mi propia camisa. Se viste. Toma el dinero. Se va sin mirarme.
—No vuelva —dice desde la puerta—. O sí, si quiere que lo traten como la mierda que es.
Me quedo solo. Sangro un poco. Duele todo.
Me masturbo solo después, con su semen todavía dentro de mí, sintiéndome culpable, sucio, roto.
Vengo fuerte, con sabor a lágrimas en la boca.
Salí a la calle con el culo sangrando. Con la cara caliente. Con el alma rota.
Caminé sin rumbo. Pasé por Parque Lleras. Vi a hombres riendo, bebiendo, coqueteando. Todos libres. Todos ellos, de alguna forma, más honestos que yo.
Regresé al hotel. Me duché. El agua tibia quemó mi agujero.
Miré mi reflejo. Vi a un hombre de 42 años, casado, con dos hijos, con una vida hecha.
Y vi a otro: el que se arrodilló en Madrid, el que fue follado en Medellín, el que llora en silencio mientras su esposa duerme.
Esa noche, mi hijo mayor me preguntó si estaba bien.
—Sí —dije—. Solo cansado.
—Papá —dijo—, ¿tú me aceptarías si fuera gay?
No respondí. Me quedé helado.
Y entendí algo: No puedo seguir viviendo en dos mundos. Uno de estos días, voy a tener que elegir.
Entre el deber y el deseo. Entre la familia y la verdad. Entre el hombre que soy… y el hombre que quiero ser.

¿Tú también guardas un deseo en silencio? Escríbenos tu historia anónima.


















