Capítulo 4 (Final) – Buenos Aires

El maestro

Salí de Medellín con el cuerpo marcado. Con el dolor todavía presente. Con la certeza de que mi deseo tenía sombras que no quería ver.

Pero todavía no sabía que el deseo también puede salvar.

Volví por trabajo. Mismo proyecto, misma terraza. Pero esta vez, yo no iba solo a revisar planos.

Buscaba algo más. Alguien que me hiciera sentir vivo. O al menos, real.

Llegué a Buenos Aires bajo un cielo gris que parecía contener el aliento.

Ya no buscaba sexo. Buscaba una palabra. Una sola. Que me dijera: «Está bien.»

La encontré en Palermo. En un departamento pequeño, cerca de Gorriti.

Lucas abre la puerta. Sesenta y dos años. Canas abundantes, barba de tres días plateada, ojos que no juzgan. Viste un kimono negro, abierto, dejando ver el pecho: vello gris denso, pezones oscuros y grandes, barriga suave pero firme.

—Pasá, che —dice. Acento porteño, el «vos» que suena a canción—. Estaba esperando a alguien como vos.

El departamento huele a libros viejos, a mate, a incienso barato. Hay libros por todos lados. En la mesa, una bandeja con aceites, velas, un cajón entreabierto que deja ver juguetes, anillos, cosas que no sé nombrar.

—¿Una copa? —ofrece—. O preferís empezar directo. Vos marcás el ritmo acá. Yo solo sigo.

Tomamos vino. Hablamos de Cortázar, de Rayuela, de cómo algunas vidas no son lineales.

—Vos buscás permiso —dice de repente—. Para ser quien sos. ¿No?

Asiento.

—Ya lo tenés —dice, y apaga el cigarrillo—. Ahora dejame mostrarte lo que podés sentir cuando dejás de pedir perdón.

Me lleva a la cama. No me desviste de inmediato. Me acuesta boca abajo y empieza un masaje que dura una hora.

Sus manos son magia. Grandes, nudillos marcados, uñas cortas. Masajea pies, piernas, glúteos. Cuando llega a mis nalgas, las separa, mira, respira cerca.

—Hermoso —dice—. Un culo que ha sufrido y que todavía espera. Vamos a hacer que valga la pena.

El rimming de Lucas es técnica de maestro. La punta de la lengua dibuja círculos alrededor del esfínter, presiona puntos específicos, sopla aire caliente, vuelve. Diez minutos. Quince. Yo me abro sin darse cuenta, suplicando sin palabras.

—Ya estás listo —dice—. Pero vamos a asegurarnos.

Usa dos dedos. Los calienta en su boca primero. Entra lento, buscando, y encuentra mi próstata como si tuviera mapa.

—Ahí está —dice, y presiona—. Ese es el botón de la felicidad, che. ¿Lo sentís?

Grito. Es placer intenso, profundo, diferente a todo lo anterior.

Masturba mi verga con una mano mientras presiona la próstata con la otra. Estoy al borde en minutos.

—No te vengas todavía —ordena—. Aguantá. Que esto recién empieza.

Me doy vuelta. Lucas se quita el kimono. Su cuerpo es de sesenta y dos años: piel suelta pero cálida, vello gris abundante, barriga que usa como almohada. Y su verga: gruesa, firme, curvada hacia arriba, la punta brillante, bajo control absoluto.

—¿Ves? —dice, tomándola—. No necesito pastillas. Solo necesito saber lo que hago. Y saber lo que vos necesitás.

Me penetra en posición de cucharita, desde atrás, una mano en mi cadera, otra en mi verga. Entra lento, infinitamente lento, y cuando está completamente adentro, se queda quieto.

—Sentí —dice al oído—. Sentí mi pulso dentro tuyo. Sentí cómo te abrís. Estamos conectados, che. Esto es lo que es.

Estamos así veinte minutos. Él no se mueve. Solo respira, habla, guía.

Luego empieza. Lento. Profundo. Cada embate preciso, calculado, buscando el ángulo exacto. Cambia de ritmo sin aviso: rápido, lento, profundo, superficial. Me tiene al borde, me baja, me sube, me baja.

—Vos marcás cuando venirte —dice—. Cuando quieras. Pero avisame. Quiero sentirlo.

No aguanto más. Grito que vengo.

—Dale —dice—. Venite para mí.

Vengo sin que me toque la verga. Es un orgasmo prostático, profundo, largo, que sale de mi interior y me desarma completamente. Lloro, chorreo, me convulsiono durante minutos, no segundos.

Lucas siente cada contracción. Se queda quieto, adentro, sintiendo.

—Hermoso —dice—. Eso es un orgasmo, che. Eso es dejarse sentir.

Luego él se mueve. Rápido ahora, buscando el suyo. Vengo otra vez, con su mano en mi verga esta vez, y él se corre adentro, caliente, pesado, con un gemido que suena a gratitud.

Se queda abrazándome. Todavía dentro. Ambos bajando juntos.

—Bienvenido —dice al oído—. Ahora sí estás acá. Completo. Real.

Me quedo en sus brazos, llorando sin saber por qué, sintiéndome, por primera vez, en paz.

Regresé a México. Mi esposa me abrazó. Los niños me pidieron ayuda con la tarea. La rutina siguió. Pero yo ya no era el mismo.

Esta vez, no porque descubrí el deseo. Sino porque lo acepté.

Esa noche, mientras ella dormía, le escribí una carta. No la envié. Solo la guardé. Decía:

«Te amo. A ti y a nuestros hijos.

No por deber. Por elección.

Pero también amo a otros hombres.

Y ya no puedo seguir negándolo.

No te dejo.

Pero ya no miento.

Por primera vez, soy yo.

Y eso, también es amor.»

No sé qué pasará. Tal vez un día se lo diga. Tal vez no. Tal vez siga viajando. Tal vez encuentre una forma de vivir sin romper todo.

Pero ya no importa tanto.

Porque ahora sé que no soy un monstruo. Ni un héroe.

Soy un hombre. Complejo. Roto. Real.

Y por fin, puedo respirar.

¿Tú también guardas un deseo en silencio? Escríbenos tu historia anónima.

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