La historia no cabe en dos consignas. La Revolución cubana persiguió a homosexuales y otros hombres considerados incompatibles con el ideal revolucionario; las UMAP existieron, el machismo institucional fue real y Fidel Castro terminó asumiendo responsabilidad política décadas después. También hubo cambios posteriores que no borran esa historia.

Ni demonio de caricatura ni absolución revolucionaria

Hablar de Fidel Castro y homosexualidad suele producir dos versiones incompatibles: para unos, Cuba fue únicamente una maquinaria de persecución; para otros, la homofobia fue un residuo cultural ajeno a la Revolución y después corregido. La historia real obliga a sostener dos cosas al mismo tiempo: el proceso revolucionario produjo avances sociales innegables en áreas como alfabetización y salud, y también construyó mecanismos de represión política y sexual que dañaron a miles de personas.

En el caso de los homosexuales, no estamos hablando sólo de prejuicios privados. Hubo exclusión institucional, vigilancia cultural, despidos, hostilidad pública y, entre 1965 y 1968, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción —UMAP—, campos de trabajo donde fueron enviados hombres considerados impropios para el servicio militar convencional o incompatibles con el modelo revolucionario.

Las UMAP no fueron “campos para gays”, pero los gays estuvieron allí por ser gays

La precisión importa. Las UMAP no recluyeron exclusivamente a homosexuales. También pasaron por ellas Testigos de Jehová, objetores religiosos y otros hombres considerados problemáticos o socialmente desviados. Pero la homosexualidad y la expresión de género no normativa fueron motivos de estigmatización y reclusión dentro de ese sistema.

La investigación histórica ha discutido tanto la función económica y militar de las UMAP como su dimensión disciplinaria. Reducirlas a una sola categoría de víctimas es incorrecto; utilizar esa diversidad para negar la persecución de homosexuales también lo es.

La masculinidad revolucionaria tenía fronteras estrechas

La Cuba de los años sesenta no inventó el machismo latinoamericano. Lo heredó. Pero una revolución puede heredar un prejuicio y además institucionalizarlo.

En el imaginario de la época, el “hombre nuevo” debía ser productivo, disciplinado, viril, militar y políticamente confiable. La homosexualidad masculina, especialmente cuando era visible o afeminada, podía leerse como debilidad, decadencia burguesa o incompatibilidad con la condición revolucionaria.

En 1966, Castro llegó a expresar dudas sobre que un homosexual pudiera encarnar las condiciones de conducta del verdadero revolucionario. Décadas después intentaría atribuir buena parte del problema al machismo cultural. Esa explicación sirve como contexto, pero no elimina la responsabilidad del Estado.

La cultura también fue un campo de batalla

La persecución no terminó con el cierre de las UMAP. Escritores, artistas y hombres vinculados a ambientes homosexuales enfrentaron censura, vigilancia y exclusión durante distintas etapas. La experiencia de Reinaldo Arenas, aunque singular y atravesada también por su disidencia política, se volvió uno de los testimonios internacionales más conocidos.

La película Fresa y chocolate, estrenada en 1993, resultó simbólica precisamente porque colocó en el centro la intolerancia revolucionaria hacia un intelectual gay y permitió una discusión pública que años antes habría sido mucho más difícil.

1994: Fidel todavía negaba que hubiera existido persecución

Una entrevista de 1994 publicada por Vanity Fair resulta especialmente reveladora. Preguntado por la historia de los homosexuales, Castro negó que hubiera existido persecución como política y habló del machismo de determinados cuadros.

Ese momento importa porque muestra que la revisión del pasado no fue lineal ni inmediata. La memoria oficial tardó décadas en acercarse a una admisión más clara.

2010: “si alguien es responsable, soy yo”

En 2010, durante una entrevista con Carmen Lira para La Jornada, Castro dio un giro mucho más contundente. Reconoció la injusticia cometida contra homosexuales en los primeros años de la Revolución y asumió responsabilidad política por no haber prestado atención suficiente al problema mientras enfrentaba otras crisis. Reuters y otros medios internacionales recogieron esa admisión.

Aceptar responsabilidad no repara a quienes fueron enviados a campos, perdieron empleos, fueron marginados o aprendieron a esconderse. Pero sí vuelve insostenible la versión según la cual aquella persecución nunca ocurrió.

Cuba también cambió

Mariela Castro en archivo fotográfico del artículo original

La Cuba posterior no permaneció congelada en los años sesenta. Hubo transformaciones en política sanitaria, activismo institucional, reconocimiento legal y discurso público. El país aprobó en 2022 un Código de las Familias que reconoció el matrimonio entre personas del mismo sexo, un cambio jurídico de enorme importancia.

Es posible reconocer esa evolución sin convertirla en borrador de la historia. Los derechos presentes no cancelan los abusos pasados; los abusos pasados tampoco obligan a fingir que nada cambió.

La memoria LGBT no necesita escoger bando geopolítico

Para lectores latinoamericanos, Cuba suele discutirse como símbolo antes que como país. Eso vuelve especialmente difícil hablar de sus homosexuales: cualquier crítica al régimen puede ser utilizada por una agenda anticomunista, y cualquier matiz puede utilizarse para minimizar la represión.

ECO no necesita entrar en esa trampa. Un hombre enviado a una UMAP por ser considerado sexualmente desviado no se vuelve menos víctima porque Estados Unidos mantuviera una política hostil hacia Cuba. Tampoco una conquista social cubana deja de existir porque el gobierno haya reprimido disidencia.

La pregunta que queda

La historia de Fidel Castro y los homosexuales no sirve para demostrar que una ideología concreta sea inherentemente homófoba. Sirve para algo más incómodo: recordar que los movimientos que prometen crear un hombre nuevo suelen sentirse tentados a decidir qué hombres merecen entrar en la definición.

Cuando la masculinidad se convierte en requisito político, el deseo puede terminar en un expediente. Y cuando décadas después llega la disculpa, puede ser importante sin dejar de ser tardía.

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