Capítulo 2 – Madrid
La entrega.
Salí de Insurgentes con el sabor de su saliva en la lengua. Con el olor de su barba en mis muslos. Con el corazón acelerado como si hubiera robado algo.
Durante semanas volví al baño. Daniel ya no estaba. Pero yo sí. Y cada vez que entraba, sentía que me desnudaba más. No solo la verga. La cabeza. El alma.
Mi esposa me preguntó si estaba bien. Le dije que el trabajo. El estrés. Ella asintió. Como siempre. Pero yo ya no era el mismo. Ya no podía fingir que no sabía lo que me hacía vibrar.
Entonces vino el viaje a Madrid.
Fue mi trabajo el que me salvó. O el que me condenó. Todavía no lo sé.
Soy arquitecto de interiores. Hace tres años empezamos a hacer proyectos en Europa. Y así fue como llegué a Madrid: por un hotel en Chueca.
Llegué un jueves por la tarde, con el traje arrugado y el alma más pesada que la maleta. Por eso acepté venir. No por el dinero. Por salir de mí. Por respirar donde no tuviera que fingir.
Chueca no es un barrio. Es un estado de ánimo. Un latido constante bajo el asfalto.
Salí del hotel y caminé sin mapa. Seguí el ruido, las risas, el olor a humo de tabaco y colonia cara. Y ahí estaba: Plaza de Chueca, llena de gente, bares con música a todo volumen, tipos con el torso al aire, parejas besándose como si nadie los viera.
No vi miradas torcidas. No vi policías. Nadie se escandalizó porque dos hombres se agarraran de la mano. Aquí, el cuerpo es normal. El deseo, natural.
Entré a un bar llamado La Máquina. Música deep house, luces bajas, olor a sudor y perfume caro. Pedí un gin-tonic. El bartender me miró y dijo:
—¿Primera vez en Madrid?
—Sí —dije—. ¿Se nota?
—Como si llevara corbata invisible —sonrió—. Relájate, güey. Aquí no hay jefes ni esposas.
Güey. Dijo «güey». Con acento español, pero usó la palabra.
Y me sentí menos extranjero.
Mateo estaba apoyado en la esquina. Cuarenta y siete años, barba canosa, ojos verdes que brillan incluso en la penumbra. Panza suave, manos grandes, camisa negra abierta dos botones.
Se acercó sin que yo hiciera nada.
—Mexicano, ¿verdad? —dijo. Acento madrileño, esa forma de comerse las eses—. Lo he visto antes. Pidiendo gin tonic con limón, no con lima. Solo ustedes lo hacen así.
Asiento. Mi corazón acelera.
—¿Buscas algo? —pregunta.
Lo miro. No miento.
—Sí.
—¿Qué? —insiste—. ¿Un polvo rápido? ¿Una noche de pasión? ¿O algo que te haga sentir… desarmado?
La palabra me golpea. Sí. Eso.
—No lo sé —digo.
—Sí lo sabes —dice Mateo, y sonríe—. Vamos. Que mañana trabajo, y tú también.
Su departamento está cerca del Retiro. Edificio antiguo, ascensor estrecho que huele a comida de vecinos. Dentro, todo es blanco. Paredes blancas, sábanas negras.
—Quítate los zapatos —dice Mateo—. Y siéntate en el sofá.
Lo hago. Él desaparece un momento. Vuelve con una toalla, aceite.
—¿Masaje? —pregunta.
—¿Ahora?
—Ahora —dice, y ya está arrodillándose frente a mí, quitándome los zapatos.
Sus manos son grandes, nudillos marcados, uñas cortas limadas. Masajea mis pies durante veinte minutos mientras hablamos de nada: el tráfico de Madrid, el frío. Todo es código. Cada frase es «estoy aquí, no tengo prisa, confía en mí».
Cuando llegamos a la cama, ya estoy líquido.
Mateo me desviste pieza por pieza. Primero la corbata. La toma, y con una sonrisa juguetona, me ata las muñecas al cabecero. No apretado. Solo… sugestivo.
—Para que no te escapes —dice, y besa mi cuello.
Luego la camisa. Besa cada omólogo, cada costilla. El vello de mi pecho le hace cosquillas en la barba canosa. Se detiene en mis pezones: los lame, los muerde suave, sopla aire frío.
—Te ponen duros como piedras —dice—. A ver si esto también…
Baja. Línea media. Ombligo. El borde de mis pantalones.
Me quita el cinturón lentamente. El sonido de la hebilla, el ziiip de la braguera. Mi verga salta, roja, palpitante.
—Madre mía —dice Mateo—. Menuda herramienta traes, mexicano.
No me la toca todavía. Se baja los pantalones. Su verga es gruesa, más oscura que la mía, curvada hacia arriba, firme sin apuro.
—Volteate —dice—. Quiero ver ese culo.
Me doy vuelta. Estoy expuesto, vulnerable, atado. Siento su aliento en mis nalgas. Luego su lengua.
El rimming de Mateo es técnica pura. No lame desordenado: dibuja círculos alrededor del esfínter, presiona con la punta, sopla aire caliente, vuelve a lamer. Usa la barba para rasparme, para excitarme. Diez minutos. Quince. Yo gimo, me retuerzo, suplico sin palabras.
—Ya estás abierto —dice finalmente—. Pero vamos a asegurarnos.
Usa lubricante. Mucho. Lo calienta en sus manos primero. Un dedo, lento, buscando. Encuentra mi próstata y presiona.
Grito. No es dolor. Es… es…
—Eso es —dice Mateo—. Ese es el botón, ¿verdad?
Me masturba con una mano mientras presiona la próstata con la otra. Vengo en minutos, sin aviso, chorreando en sus sábanas negras, con el cuerpo convulsionando.
Pero Mateo no ha terminado.
—Otra vez —dice—. Esta vez te follo de verdad.
Me desata las muñecas. Me pone de lado, en posición de cucharita. Entra desde atrás, lento, infinitamente lento, y cuando está completamente adentro, se queda quieto.
—Siente —dice al oído—. Solo siente. Estoy aquí. No me voy a mover hasta que tú digas.
Estamos así diez minutos. Yo siento su pulso dentro de mí. Su respiración en mi cuello. Su mano en mi cadera.
Luego empieza a moverse. Lento. Profundo. Cada embate presiona mi próstata. Gimo como animal. No me importa. Aquí no hay esposa, no hay hijos, no hay México.
Solo esto.
Cambiamos de posición tres veces. Él arriba, mirándome a los ojos. Yo arriba, montándolo, y él guiando mis caderas con las manos. De espaldas, las piernas en sus hombros, penetración profunda que me hace ver estrellas.
Vengo dos veces más. La última, Mateo se corre dentro de mí, caliente, pesado, y se queda abrazándome, todavía dentro, mientras ambos bajamos juntos.
—Eres un milagro, mexicano —dice al oído—. Un puto milagro.
A la mañana siguiente, caminé por el Retiro con las piernas temblando. Con el culo adolorido. Con la mente en blanco.
Y por primera vez en 42 años, me sentí completo.
No gay. No bisexual. No maricón. No infiel. No enfermo.
Solo un hombre que por fin dejó de negar lo que necesita: ser follado por otro hombre.
Regresé a México. Mi esposa me abrazó. Los niños me pidieron ayuda con la tarea. La vida siguió.
Pero yo ya no soy el mismo.
Porque ahora sé que no fue un error en un baño. Ni una aventura en Madrid.
Fue una revelación.
Y no puedo deshacerla.

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