Capítulo 3 – Medellín

«El Macho que Me Despreció»


Salí de Insurgentes con el sabor de su saliva en la lengua.
Con el olor de su barba en mis muslos.
Y desde entonces, ya no pude volver a fingir.

En Madrid, me follaron como a un hombre deseado.
Pero todavía no sabía que el deseo también duele.
Que a veces no es liberación… sino castigo.

Volví a Medellín por trabajo. Mismo proyecto, misma terraza. Pero esta vez, yo no iba solo a revisar planos.
Buscaba algo más.
Alguien que me hiciera sentir vivo.
O al menos, real.

🌆 Medellín: Donde el Deseo Tiene Cara de Macho

Llegué a Medellín bajo una lluvia fina que caía sobre las montañas como si el cielo mismo estuviera sudando.

Había regresado al hotel donde todo empezó: el proyecto de la terraza que inspiró a un inversor español. Todo era igual: los planos, las maderas tropicales, las plantas colgantes. Pero yo no.
Ya no era el arquitecto serio, el esposo ejemplar, el padre responsable.
Era un hombre con una erección constante, con la piel sensible, con el culo aún marcado por la polla de un desconocido en Madrid.

Y esta vez, no quería solo sexo.
Quería que alguien me viera.
Aunque fuera para despreciarme.

Fui a Parque Lleras.
No al bar turístico lleno de extranjeros, sino a uno más oscuro, al fondo, donde los hombres hablan bajito y miran con los ojos entrecerrados.
Pedí una cerveza.
No pedí compañía.
Pero ella llegó igual.

Un tipo moreno, camisa negra abierta hasta el tercer botón, pantalón ajustado, botas militares.
Barba cerrada, pelo corto, cicatriz en el cuello.
No sonrió.
Me midió.
Como quien reconoce a un depredador… o a una presa.

—¿Mexicano? —preguntó, con acento paisa.
—Sí —dije.
—¿Aquí por trabajo?
—Sí.
—¿Y por placer?
Lo miré.
No mentí.
—También.

Se llamaba Andrés.
Trabajaba en mantenimiento de piscinas.
No vivía en Laureles ni en El Poblado.
Vivía en Manrique, en un apartamento pequeño, sin ascensor, con vista a la basura y a la ciudad que sube.

—Si viene, no hay juegos —dijo—. No soy su amante romántico.
—No busco eso —dije—. Solo quiero sentirme vivo.
—Entonces prepárese —dijo—. Porque aquí no se juega.

🔥 El Encuentro

Su casa olía a humedad, jabón de limpieza y sudor viejo.
No había fotos.
No había decoración.
Solo una cama, un televisor viejo, y un par de botes de cloro en la entrada.

Cerró la puerta.
Me empujó contra la pared.
Me besó con fuerza, con dientes, con lengua.
No fue tierno.
Fue dominante.
Y me encendió.

Me bajó el pantalón.
Los calzoncillos.
Mi verga ya estaba dura, palpitando.
Él la tomó.
No la chupó.
La olió.
Sonrió.

—Usted tiene buen olor —dijo—. A hombre que no ha cogido en mucho tiempo.

Me dio vuelta.
Me bajó los calzoncillos del todo.
Y sin preparación, sin saliva, me la metió de un solo empujón.

Grité.
No de placer.
De dolor.

—¿Le duele? —preguntó. —Sí —dije. —Perfecto —dijo—. Así se siente cuando no es el dueño.

Jodió duro.
Rápido.
Como si quisiera castigarme.
Y yo, en vez de detenerlo, empujaba hacia atrás, buscando más.
Porque tal vez, merecía ese castigo.
Por mentir.
Por callar.
Por vivir una vida que no era mía.

—¿Le gusta, viejo rico? —decía entre empujones—. ¿Le gusta que un pobre lo coja así?

Sentí un puñetazo en el pecho.
No de violencia.
De verdad.

—Usted es uno de esos que viene a cogernos y luego nos ignora —siguió—. Que se excita con lo prohibido, con lo sucio.
—No es cierto —dije—. Yo no juego.
—Claro que sí —rio—. Por eso le gusta. Porque es ilegal. Porque es pecado. Porque es machista.
—¿Y usted? —pregunté—. ¿Por qué lo hace?
—Por el dinero —dijo—. Y porque me gusta joder a un viejo que se humilla por mí.

Cuando terminó, se limpió con la sábana.
Se paró frente a mí.
—Gracias —dije.
—No me dé las gracias —dijo—. No soy su amigo.
—¿Cuánto le debo?
—Doscientos mil pesos.
Le di el dinero.
Él lo tomó sin mirarme.
—Váyase —dijo—. Y no vuelva.

💔 Lo que Quedó

Salí a la calle con el culo sangrando.
Con la cara caliente.
Con el alma rota.

Caminé sin rumbo.
Pasé por Parque Lleras.
Vi a hombres riendo, bebiendo, coqueteando.
Todos libres.
Todos ellos, de alguna forma, más honestos que yo.

Regresé al hotel.
Me duché.
El agua tibia quemó mi agujero.
Miré mi reflejo.
Vi a un hombre de 42 años, casado, con dos hijos, con una vida hecha.
Y vi a otro:
el que se arrodilló en Madrid.
el que fue follado en Medellín.
el que llora en silencio mientras su esposa duerme.

Esa noche, mi hijo mayor me preguntó si estaba bien.
—Sí —dije—. Solo cansado.
—Papá —dijo—, ¿tú me aceptarías si fuera gay?

No respondí.
Me quedé helado.
Quise decir: «Sí, hijo. Te amaría igual.»
Pero no pude.
Porque no sabía si yo mismo me había aceptado.

Y entendí algo:

No puedo seguir viviendo en dos mundos.

Uno de estos días, voy a tener que elegir.
Entre el deber y el deseo.
Entre la familia y la verdad.
Entre el hombre que soy…
y el hombre que quiero ser.

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